Asi curaban ellos/ Daniel Meurois/ La enfermedad detras de su Mascara

La enfermedad detrás de su Mascara

Haciendo la autopsia a la guerra

Una de las primeras preguntas que los sacerdotes terapeutas
del Egipto de Akhenatón hacían a sus
enfermos era esta: “¿Contra quién o contra qué estás
en guerra?” Del mismo modo, el Cristo preguntaba
frecuentemente a los que buscaban la curación a su lado
“Dime, ¿quién es tu enemigo?”
Estas preguntas, que pueden sorprendernos hoy día,
nos dan sin embargo una idea de la mirada que se posaba
en aquellos tiempos sobre la noción de enfermedad.
Es evidente que cuando un ser que sufre es recibido
de este modo, se ve en seguida llevado a la raíz de sí
mismo y a hablar de las “verdaderas cosas” de su vida.
No es su cuerpo lo que se consulta en primer lugar, sino
su alma, y eso cambia todo.
Así, en el seno de las Fraternidades egipcia y esenia,
lo habitual no era analizar inmediatamente “con lupa”
un síntoma. Se buscaba en primer lugar centrarse en el
mundo, frecuentemente mudo, de las Causas.
Es fácil comprender que la desarmonía que se
adueña de un cuerpo es la resultante de la guerra interior que un ser lleva, a menudo a sus espaldas, contra una circunstancia, contra una persona y, sobre todo, contra

sí mismo. ¿Por qué sobre todo? En mi opinión, fue el
Maestro Jesús en persona quien expresó mejor la razón,
durante una conversación privada con algunos de sus
discípulos…
“Con frecuencia os escucho acusar al otro, o a las
circunstancias de vuestra vida, cuando la enfermedad
toma posesión de vosotros. Clamáis contra la
incomprensión, contra la injusticia, e incluso a veces
la tomáis con vuestro Padre Celeste… ¡Qué ceguera,
amigos míos! ¡Y qué falta de escucha a todo con lo
que os cruzáis en vuestro camino! ¿No sois vosotros
quienes habéis generado, una tras otra, cada una de las
circunstancias y de los encuentros de vuestra vida? ¿No
es exacto que si os encontráis ahora frente a mí, es porque
habéis hecho elecciones y dirigido vuestros pasos en una
dirección y no en otra? Yo soy vuestra circunstancia…
para cierta forma de salud.
Escuchadme y creedme… Somos siempre
circunstancias unos para otros. Las piezas de un
gigantesco juego que atraemos hacia nosotros o que
repelemos. Quiero decir que todos somos, unos respecto
a otros, oportunidad para crecer o para estancarse. Somos
los acontecimientos por los que nos modelamos y nos
remodelamos mutuamente.
De este modo nos fabricamos nuestros equilibrios
y nuestros desequilibrios. Nuestras ocasiones de salud
así como las de nuestras enfermedades son los justos
frutos de las elecciones que hacemos. El otro, aquel al
que acusamos, no es más que el pretexto tras el cual
se esconde nuestra ceguera y nuestra inconsciencia. El
enemigo es siempre algo que criamos y al que nutrimos
constantemente en nosotros mismos… Y lo inventamos

su totalidad ya que, en realidad, no existe.
Miradme y comprendedme… Me sé adversario, pero
no tengo enemigos. Nada en mí, ni a mi alrededor puede
estar en guerra, porque no considero que haya nada que
forzar ni que abatir. Mi salud habla de mi paz… Tejo mi
paz y me invento y me reinvento, eterno e inatacable bajo
el sol”.
Tal discurso, si lo llevamos a su más simple
expresión, solo nos habla de una cosa: el sentimiento de
unidad que debe presidir el equilibrio físico y psicológico
de todo hombre y toda mujer.
La percepción de una Unidad que había que realizar
con uno mismo y con el mundo estaba verdaderamente en
la base de la salud tal como la concebían las Tradiciones
a las que nos referimos. Partiendo de esta visión, el
enfermo era alguien que se hacía atrapar en una trampa.
La de la dualidad y la separación.
Por tanto, el estado de ruptura y de desarmonía que
resultaba era visto como el creador de cierto número de
cortes en la conciencia, que se prolongaban de forma
totalmente natural hasta los cuerpos más densos. En
otros términos, se concebía que el arraigo de un estado
conflicto en el ser se convertía casi necesariamente en el
germen de un futuro trastorno de salud. A ese nivel, esto
coincide de forma evidente con la noción moderna de
“enfermedad psicosomática”.
Sin embargo, la comprensión tradicional de la
enfermedad no se detenía ahí. Admitía y exploraba una
dimensión mucho más vasta de nuestro universo. La
dimensión del pensamiento humano y de la reserva de
energía que este constituye.
Nuestro mundo moderno reivindica el

descubrimiento de las ondas cerebrales porque ha
empezado a medirlas. Sin embargo, no ha hecho sino
dar un nombre diferente y algunas cifras sobre una
realidad ya conocida por los antiguos egipcios. Ellos y
sus herederos sabían bien que el simple hecho de pensar
pone en movimiento fuerzas que, por impalpables
que sean, no están desprovistas de influencia ni de un
poder real sobre nuestra vida. De este modo, estimaban
que cada individuo se rodeaba de una corriente de vida
psíquica que le seguía a todas partes, que evidentemente
proyectaba entorno a sí pero en la que, ante todo, él
mismo se bañaba y de la que dependía la globalidad de su
salud.

El granero de los pensamientos

Este sistema de referencias tenía también en cuenta
otra cosa. Los terapeutas partían del principio de que el
campo energético del aura humana –ya que es de ella
de la que se trata– actúa constantemente en interacción
con nuestro universo. De hecho, tenían conciencia de la
existencia de una inmensa aura planetaria sobre la que
interfería la suma de las auras, y por tanto de la actividad
psíquica, de cada uno de sus habitantes.
Desde esta óptica, para ellos existía, “por encima”
de nuestro mundo visible, un universo, entre otros,
comparable a un inmenso granero de pensamientos. Esta
reserva colosal estaba compuesta de un gran número de
compartimentos. En cada uno de ellos iban a alojarse
todas las semillas de la misma variedad.
Por tanto, siguiendo este concepto, existe la masa
energética de todos nuestros pensamientos de cólera

reunida en un plano vibratorio específico, en otro, la de
todos nuestros pensamientos de amor, en otro, la de todos
nuestros pensamientos de odio, y así sucesivamente,
hasta el agotamiento de la variedad de lo que el ser
humano es capaz de emitir, lo bello y lo menos bello.
Cada uno de los compartimentos corresponde a lo
que tradicionalmente llamamos un egregor o, de forma
más moderna, un campo morfogenénico. Es un receptor
y al mismo tiempo un emisor, el emisor con el que el ser
humano se pone resonancia cuando mantiene en sí un
determinado estado de pensamiento y de focalización de
la conciencia.
En términos más simples, los antiguos nos decían:
“Cultiva la cólera y serás colmado de cólera, genera amor
y serás nutrido de amor. Así, si alimentas el conflicto, el
conflicto se alojará en ti, pero si siembras la dulzura, tu
camino terminará por cubrirse de unidad”.

Una fuerza llamada coherencia

Hoy día podría decirse que esta visión de las cosas
era simplista, ya que todos conocemos a nuestro
alrededor ejemplos de personas buenas y sanas en sus
comportamientos y a los que, sin embargo, la enfermedad
no perdona.
Evidentemente, tal realidad tampoco escapaba a los
terapeutas de otro tiempo. Su comprensión del problema
se apoyaba en el principio de coherencia.
En efecto, estimaban que, sea cual sea el nivel
de conciencia, y por tanto el comportamiento de una
persona, el modo en el que esta se siente íntimamente
inatacable, segura de sí misma y lógica en sus

convicciones, constituye una especie de coraza más
o menos sólida y resistente que impide la creación de
rupturas vibratorias.
Según esta concepción, basta que un hombre se
perciba coherente e inquebrantable en el seno mismo de
sus manifestaciones agresivas para que la enfermedad no
le alcance. De forma esquemática, podríamos decir que
los egipcios y los esenios concebían que ciertas personas
eran capaces de segregar ellas mismas su propio veneno y
simultáneamente su propio antídoto.
De este modo, cuando trataban a un enfermo
preguntándole por su “guerra interior”, los terapeutas
no pronunciaban una frase ritual dirigida simplemente
a interpelar lo que se encontraba delante de ellos. Su
calidad de escucha debía ir en el sentido de localizar
el nivel de coherencia contenido en las respuestas del
enfermo.
Y en efecto, hay que reconocer que muchos de
entre de nosotros viven con un desajuste en relación a sí
mismos. Por un lado, está la manera en la que se ven, en
la que se imaginan, la que quieren ser, y por otro lado, la
manera que son capaces de encarnar, es decir, la realidad
que viven cotidianamente. El grado de coherencia y de
cohesión se mide por tanto en la relación que existe entre
el mundo interior de un ser con su mundo exterior.
Lo que hay que comprender bien es que el grado
de coherencia o de incoherencia es, más a menudo de
lo que creemos, responsabilidad de la propia persona.
Sin duda no podemos generalizar, ya que la historia
de cada uno de nosotros es absolutamente única, pero
como mínimo el tipo de mirada que ponemos sobre
nuestro posicionamiento en la vida permite evitar entrar
demasiado fácilmente en el seno de esa gran enfermedad que intenta legitimar todas las demás… el victimismo.

La entidad-enfermedad

Volvamos ahora a la noción de egregor, o de granero
de pensamientos, algunos de cuyos compartimentos se
llenan de semillas envenenadas. La fraternidad esenia
había desarrollado en relación con ellas un enfoque muy
particular.
Hay que precisar que tal enfoque no provenía de
elaboraciones imaginarias con el objetivo de elaborar un
sistema de referencias. Tampoco constituía un conjunto
de hipótesis formuladas por sacerdotes supersticiosos.
Era el resultado de la experiencia directa de grandes
místicos, capaces de proyectar su conciencia mucho más
allá de nuestro mundo visible.
Estos alcanzaban a percibir de forma detallada los
componentes del universo etérico y de los egregores que
la especie humana mantiene en este. El estudio reiterado
de estos egregores y de sus “estratos” o compartimentos,
les había hecho comprender que la masa de energía
generada por una multitud de pensamientos del mismo
tipo termina frecuentemente por estar habitada y
controlada por formas de vida embrionarias generalmente
provenientes de las capas más bajas del mundo astral, o
incluso del propio mundo etérico. Desde esta percepción,
explicaban el origen de los microorganismos a los que se
da el nombre general de microbios, o de los virus.
No olvidemos que la concepción de lo infinitamente
pequeño y de la vida que lo habita va más allá del
descubrimiento de nuestros microscopios. La estructura
atómica de la materia ya había sido abiertamente evocada

en la Grecia antigua por Epicuro, y de forma menos
conocida, en la India de hace diez mil años por un yogui
llamado Kanada.
Por tanto, para los terapeutas esenios, una
enfermedad de naturaleza infecciosa estaba controlada
por una especie de alma, aunque este término sin
duda sea excesivo. En realidad hablaban más bien de
la inteligencia y de la relativa autonomía de ciertas
“semillas psíquicas”. Según ellos, la mayor o menor
toxicidad de las mismas estaba causada por su asociación
a una forma de conciencia primaria que terminaba por
convertirlas en entidades con las que había que aprender
a tratar. De ahí que a veces utilizaran ciertos rituales que
hoy día calificamos de mágicos.
Pero, ¿qué es la magia sino la percepción y el
conocimiento de la naturaleza más íntima de nuestro
universo, así como el hecho de saber dominarla
manejando con destreza sus engranajes? No es la ciencia
de lo infinitamente pequeño, sino la de lo infinitamente
sutil. Desde luego, no se trata de que oriente aquí las
investigaciones en esta dirección, que requiere cualidades
poco comunes, sino de que proporcione claves de
comprensión para un ensanchamiento de nuestro campo
de conceptos.
Los esenios se distinguían de los egipcios por el
hecho de que rechazaban totalmente la utilización de
rituales mágicos. Su orientación era la de la mayor
sencillez posible. En este sentido, la aparición entre
ellos del Maestro Jesús, terapeuta fuera de toda norma,
constituye con toda evidencia el apogeo de lo que un ser
humano puede pretender en ese ámbito.
A este respecto, a menudo me hacen preguntas
relativas al método de curación puesto en práctica por

el propio Maestro. ¿Era este verdaderamente el de la
fraternidad en la que había crecido?
Globalmente y en sus grandes principios, sí… Pero
el alineamiento y el desarrollo de sus cuerpos eran tales
que todo elemento técnico desaparecía de su práctica.
En términos modernos, y esquematizando un poco,
hoy diríamos que Le bastaba enviar un mensaje a sus
vehículos superiores y dirigir después la respuesta a
los cuerpos sutiles del ser al que sanaba para activar un
proceso de curación. La mayor parte de las veces lo hacía
tan fácilmente como hoy día hacemos una llamada de
teléfono al otro extremo de nuestro país.
Seguros de esta constatación, es importante recordar
que todos los elementos de las técnicas descritas en
este libro son en primer lugar puntos de referencia, un
modo de disciplinarse. Tienen la misma utilidad que las
líneas de las páginas en los cuadernos de la escuela. Son
también un apoyo, una mano tendida para evitar ir en
cualquier otra dirección. En ningún caso representan los
componentes infranqueables de un método absoluto… ya
que todos se dejarán atrás.

Un octavo chakra
En una persona correctamente desarrollada, podemos
enumerar siete niveles de realidad o de conciencia. Cada
uno corresponde a un chakra y a su universo respectivo.
En el Maestro Jesús investido por el Cristo, doce
niveles de conciencia o de realización se manifestaban
de forma permanente, doce niveles que estaban en total
comunicación unos con otros.
Los cinco niveles de conciencia que nos distinguen

de Él son los que todavía nos separan de la Presencia
revelada o despertada, de nuestra naturaleza divina.
Cuando iniciamos un camino de florecimiento, tal como
el que se sugiere, por ejemplo, en la práctica de las
terapias, deberíamos esforzarnos en comprender que los
cinco grados de realización en cuestión no son estados a
adquirir. Están ya presentes en estado latente en cada uno
de nosotros, esperando ser estimulados y desplegados uno
tras otro a lo largo de las vidas y de los Tiempos.
Cuando una rama de orquídea comienza a florecer,
son las yemas más próximas del tallo las que se abren.
Ocurre igual con las centrales energéticas que son
nuestros chakras. Desde nuestra naturaleza animal
reptiliana hasta nuestra expansión divina, pasamos de
forma ineludible por todos los grados de maduración. Así,
nuestra escalera se compone de doce peldaños…
La principal aportación del faraón Akhenatón,
y después, más resplandeciente todavía, del Cristo
Jesús, fue sin duda revelar a Occidente la posibilidad
de acceder al octavo nivel de la escalera del ser. De
forma más sencilla, aunque en términos diferentes, nos
hablaron de un octavo chakra del Sol del Espíritu Santo,
el del “Supramental”. Es en esta dirección en la que
avanzamos juntos. Lo veamos como una paloma, una
lengua de fuego, una cobra protectora, como una corona
o un diamante importa poco, ya que es a Su Esencia en
nosotros a la que nos abrimos cada vez que posamos la
mano sobre un ser que sufre.
El factor necesidad
Hasta el momento hemos hablado de la enfermedad
tal como era abordada por los Antiguos así como del
principio de coherencia, que le abre más o menos la
puerta del organismo humano.
Sin embargo, existe otro factor que interviene en el
ámbito de la salud. Podríamos llamarlo factor necesidad.
En efecto, por encima de todo lo que hemos evocado,
los terapeutas egipcios y esenios estimaban que ciertas
enfermedades se encuentran a veces necesariamente
sobre nuestro camino, independientemente de nuestra
actitud frente a la vida, debido a su carácter educador.
Utilizo aquí el adjetivo educador en su sentido
global. Hablo por tanto de despertar, de depuración,
de re-inicialización, de estimulación, de iniciación y
necesariamente… de cita kármica.
Sí, en este estado de espíritu, la noción de cita es
esencial. Cita pasajera o cita que lleva a la destrucción
del cuerpo físico, pero cita ineludible que invita al ser
a modificar su mirada sobre sí mismo y sobre la vida.
Cita de la que aceptamos la enseñanza o contra la que
nos enfrentamos con todas nuestras fuerzas, pero al fin
y al cabo, cita, contra la que no podemos hacer nada
ya que ha sido decidida en los orígenes de los peldaños
superiores de nuestra escalera… es decir, por una
Sabiduría que nos sobrepasa.
La comprensión y la aceptación de lo que representa
la ley del karma constituyen la llave todo esto. Observad

que sitúo aquí la comprensión antes que la aceptación
ya que, muy a menudo, nos es más fácil comprender
los engranajes y los porqués de una mecánica o de un
principio que aceptarlos cuando sus efectos se presentan
en nosotros. En efecto, la integración en la carne de
la necesidad y de la justicia de una prueba, requiere

una sabiduría que solo lo vivido permite descubrir
progresivamente.
Hay que saber admitir que cierto número de nuestros
problemas de salud, por otro lado a menudo los más
importantes, no tienen otra función que la de incitarnos
a “reaccionar”. Sin embargo, ¿reaccionaremos? He
ahí el problema… Por mucho que una puerta esté
entreabierta, si algo en nosotros rechaza empujarla para
atravesarla, permaneceremos allí donde estamos. La
Divinidad, que nos propone ocasiones de metamorfosis,
no nos obliga a vivirlas. Así, muchas enfermedades son,
desgraciadamente, sufridas en lugar de ser percibidas
como oportunidades de reflexión.
Los egipcios admitían el hecho de que hay
enfermedades que deben ser vividas hasta el final y
que sea cual sea el terapeuta que esté frente a ellas,
la Inteligencia de la Vida actúa de tal modo que estas
juegan su papel depurador en su totalidad, incluso si debe
producirse la muerte física.
Para ellos, la mayor parte de los principales

problemas de salud tenían el valor de una cita kármica.
Había que admitir entonces que tenían una función y
había que respetarla… sin que por otro lado hubiera que
abandonarse ante el sufrimiento.
Es importante comprender bien que esta actitud
no revelaba fatalismo. En efecto, los cuidados nunca
eran interrumpidos, al contrario, eran mantenidos
por una presencia moral aumentada y por numerosas
conversaciones de alma a alma con el enfermo.
Para ilustrar este conocimiento y este respeto por las
leyes que gobiernan el equilibrio de un organismo, citaré
de nuevo el ejemplo del Maestro Jesús. Como se sabe, se
Le llamaba constantemente a la cabecera de los enfermos

y de los moribundos. Ahora bien, a veces sucedía que
no iba a los lugares donde Le rogaban que interviniera.
Respondía simplemente que no era el momento y
que Su Padre se encargaría Él-mismo de ofrecer al
enfermo exactamente aquello que este necesitaba. Su
conocimiento espontáneo de los karmas individuales le
permitía tal actitud.
Es evidente que si nosotros no podemos pretender
tener tal penetración instantánea de las causas y de
las necesidades, debemos sin embargo desarrollarnos
más allá de la constancia de nuestros esfuerzos, nuestra
humildad y nuestra sabiduría frente al destino de cada
uno.
Destino es una palabra que nos sugiere un itinerario a
recorrer. Intentemos no olvidarlo…

La inteligencia celular

De manera general, es siempre la dimensión de
compasión de un terapeuta la que le permite penetrar en
el sentido de una enfermedad y su alcance real. A partir
de ahí, solo su arte, siempre flexible, es capaz de entrar
en juego para encontrar las vías que llevan a la curación.
Sin duda, esto puede parecer absurdo hoy, pero, en
términos de su época, egipcios y esenios afirmaban que la
más ínfima parte de un órgano, de una célula, necesitaba
que se le hablara con amor, es decir, que se la reconociera
como a una entidad de pleno derecho, inteligente,
permeable al amor y a la agresión, en el sentido tanto de
la unidad como de la división.
Veían también en toda célula el punto de encuentro,
a veces herido y en desarmonía, de cinco corrientes de

fuerza. Dos de naturaleza horizontal, asociadas a los
polos positivo y negativo del mundo de la materia, y tres
de naturaleza vertical, generados por la triple Esencia
divina.
Impregnados de esta noción, los sacerdotesterapeutas
se esforzaban en ser reparadores, consoladores
y simplificadores.
“Ya que una enfermedad –decían– es en primer lugar
el resultado de un conflicto, nacido de la complejidad de
la relación con lo Vivo en uno mismo”.

En www.correodelram.com

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