Las primeras Enseñanzas del Cristo/ Daniel Meurois/ Givaudan

El papel protagonista/ El Rabí Jeshua

Hay que tomar conciencia de que el
nombre de Jeshua era también el de
un gran número de personas. Incluso
existía otro Rabí que lo llevaba, lo
que provocó, en los primeros tiempos,
algo de confusión ya que su origen era
también Galileo. (Jeshua viene del arameo Jehoshuah , es decir, Josué.)

El Maestro no llevó siempre ese
nombre. Éramos pocos en saberlo. A los que habían salido
de la Fraternidad esenia de los pueblos y los que habían
sido instruidos en el Krmel –como era su caso– a veces se
les atribuía otro nombre.
Así el pequeño “Joseph” , que había conocido durante
mi infancia, no se convirtió en Jeshua hasta después de su
estancia de formación en el Krmel.
Antes de evocar mis recuerdos para hablar del Maestro
que fue, me gustaría primero hacer referencia al Rabí –o

El escenario terrestre: El papel protagonista
también al “rabboune”, como decíamos algunas veces
afectuosamente–, es decir, el hombre que frecuentábamos
cotidianamente. En efecto, un Maestro de Sabiduría
destinado a ser investido por la Presencia del Cristo es, en
primer lugar y ante todo, un hombre, lo que significa un
ser “obligado” a transigir con las leyes de este mundo.
Comprendo que esta verdad pueda chocar a más
de uno, pero es necesario que se sepa. En realidad, no
tiene nada que pueda disminuir u oscurecer la imagen y
la obra de un Maestro, más bien todo lo contrario. ¿Qué
mérito tendría el encarnar la Maestría de la Sabiduría y
estar habitado por una Fuerza supra-humana sin tener que
trabajar sobre uno mismo para revelar su propia esencia
Divina? La verdadera grandeza viene siempre de Lo que
nos esforzamos en cultivar y en la cantidad de “plomo
humano” que alcanzamos a transmutar en oro espiritual en
el fondo del ser.
Así, el “pequeño Joseph” –él mismo hijo de Joseph–

que había crecido en una comunidad rural esenia antes
de pasar por la escuela tremendamente instructora del
Krmel, ha tenido, como cada uno, que someterse a una
disciplina rigurosa a fín de hacer resurgir con luminosidad
la magnificencia de su ser.
Cuando pasábamos largas veladas a su lado, era raro
que aceptara hablar. Lo que recuerdo de las confidencias
que llegó a hacer proviene de una serie de cortos instantes
diseminados durante varios años. No creo que esta actitud
fuese la consecuencia de algún pudor o de una voluntad
de mantener un secreto. Para Él era simplemente algo sin
importancia; tenía algo mejor que hacer que confiarnos sus
recuerdos “humanos”, nos decía.
Sin embargo, esta parte humana, la que llevaba el título
de Hermano esenio, se mostraba siempre extremadamente

presente. Hoy todavía sigo convencido de que es este
aspecto, en apariencia secundario, el que contribuyó a
inmortalizar su Presencia y su Obra.
La creencia popular, mantenida esencialmente por la
Iglesia católica romana, pretende que Jeshua naciera Cristo,
es decir, en toda su conciencia y perfección, casi desde
el momento de su primer aliento. Según esta afirmación,
Jesús no habría tenido nada que aprender porque, de
entrada, era Dios encarnado y, por consecuencia, Él tenía
el Conocimiento y el Poder absolutos…
En tanto que testigo de lo que pasó hace dos
milenios, afirmo que esta visión de las cosas es de una
ingenuidad sorprendente y sostiene una mentira. Que el
pequeño “Joseph” –el futuro Jeshua– haya manifestado
conocimientos y talentos excepcionales desde su tierna
infancia es incontestable, pero pretender que haya sido
plenamente Él mismo y perfectamente “Cristo” desde el
principio, resulta de una ignorancia total de las leyes de la
evolución impuestas por el solo hecho de la encarnación.

Diría que Jeshua, incluso antes de llevar el título de rabí,
tuvo que trabajar para recordar su propia naturaleza, y en
consecuencia para reconectarse con su memoria profunda
y redescubrir su carga…
Cuando en algún momento tenía que ceder a nuestras
preguntas, no las esquivaba. Hablaba de Sí humildemente,
como de un alumno que tuvo que hacer frente a sus propias
dificultades y a instructores increíblemente exigentes,
tanto más exigentes cuanto que sus maestros presentían
con Quién tenían que tratar.
En tales momentos, comprendíamos que la grandeza
de un ser no le era dada por alguna gracia divina, sino que
este ser debía extraerla de él mismo para resucitarla de

las profundidades de la Maestría adquirida en sus vidas
pasadas.
Un niño o un adolescente serán siempre niño o
adolescente teniendo que someterse a los ritmos naturales
de la madurez… Aunque su ser esencial encierre el más
insólito diamante.
Por mi parte, cuando vuelven a desfilar en mí las
imágenes precisas de momentos íntimos y compartidos,
de los cuales he podido disfrutar con el Maestro, me es
imposible hablar del Cristo que Él manifestaba haciendo
exclusión del hombre que continuaba siendo.
Tenía las mismas necesidades que nosotros. Tenía
hambre y sed, sentía el cansancio, incluso a veces se caía
de sueño… también podía hasta roncar. Esto puede quizás
parecer irrelevante y prosaico pero, aunque su conciencia
fuese de una naturaleza diferente a la nuestra, y desarrollase

constantemente una voluntad y unas capacidades
asombrosas, su cuerpo era, sin lugar a dudas, un cuerpo
humano. Y como nosotros, el Maestro podía hacerse daño
andando sobre una roca cortante y, al igual que nosotros,
también tenía que protegerse de las quemaduras del sol y
de tantas otras cosas.
Debo decir que en varias ocasiones hasta Lo vi llorar,
una de ellas a lágrima viva cuando le anunciaron la
decapitación del Bautista. En esa época eso nos parecía
normal ya que nadie podía sentirse avergonzado por la
manifestación de su pena.
Hoy en día, en nuestro mundo occidental, las cosas
son muy distintas. Cuando un hombre no logra contener
sus emociones o se atreve a expresarlas, lo juzgamos a
menudo débil y sin control de sí mismo. De hecho, todo
ello es puramente cultural.
Sin embargo, cuando relato las lágrimas del Maestro

Jeshua, a menudo me hacen esa pregunta: “¿Tenía entonces
emociones?”
Pues sí, Jeshua, el hombre, el Rabí, era capaz de tener
emociones. Y añadiría que, por suerte, sentía emociones…
Pero entendamos que esto no significa que estaba en
manos de estas emociones o que no pudiese dominarlas.
Aceptaba plenamente que se manifestaran porque
reconocía sin reserva lo que su naturaleza encarnada tenía
de respetable y de noble ¿Acaso el dolor de un corazón
y de un alma son deshonrosos o menospreciables? Nadie
osaría pretenderlo, así lo espero.
Aquí no hablamos de sensiblería ni de emotividad,
sino de la expresión sencilla, pura y bella de lo que hace
que un alma sea humana.
De manera general, el Maestro nunca quiso establecer
fronteras entre Él y nosotros. Compartía enteramente
nuestra vida, mostrándose a veces decepcionado y fingiendo
incluso cólera frente a ciertos comportamientos. Digo
“fingiendo” ya que esta cólera no tenía nada de impulsiva.
Era controlada en sus más mínimas manifestaciones, como

si fuese calculada e intencionalmente tuviese una función
educativa.
La famosa escena de los mercaderes en la que Él los
expulsó del templo “de modo militar” es sin duda el más
bello ejemplo conocido. La cólera expresada era sólo
superficial; no traducía un aspecto brutal e incontrolable de
su persona, sino la voluntad dirigida inteligentemente para
recordar los principios fundamentales de respeto hacia los
lugares sagrados.
Tuve el privilegio de estar en su compañía poco después
de estos acontecimientos que causaron mucho alboroto en
Jerusalén.
Insistiendo sobre la indecencia mercantil de los

mercaderes a los que había llamado al orden, el Maestro se
reía de su propia reacción y comentaba divertido el impacto
que había sabido crear. En este aspecto, me recordó a
uno de los monjes instructores del Krmel que a menudo
fingía enfadarse con nosotros con el fin de exigirnos un
esfuerzo suplementario en nuestros estudios. Al final de mi
estancia en ese lugar, recuerdo que terminé por descubrir
su estratagema y que todo terminó en una risa cómplice
entre él y yo.
Lo que era extraño con el Rabí Jeshua era la proximidad
que aceptaba que tuviéramos con Él. Sin embargo, confieso
que esta proximidad consentida nos hacía en ocasiones
sentirnos incómodos. En mí, por ejemplo, tenía el efecto
de desencadenar una forma de timidez que bloqueaba en el
fondo de mi garganta eventuales preguntas. Además, estoy
seguro de no haber sido el único en experimentar esto.
Para continuar hablando de Jeshua como hombre, no
está sin duda de más señalar que, a pesar de la dimensión
espiritual que evidentemente Él encarnaba, tenía la
humildad de pedir ayuda cuando lo necesitaba. Recuerdo
que se lastimó la articulación de la rodilla saltando unas
rocas que rodeaban el lago de Galilea. Pidió un masaje
con ungüento y que le liberásemos de su bolsa el resto del
camino.
Me diréis: “¿Pero no podía Él curarse a sí mismo?”
Claro que podría haberlo hecho apelando a sus lazos
con el mundo sutil, pero está claro que su intención era
permanecer lo más humano posible entre los humanos.
Nunca lo vi utilizar sus capacidades –digamos
milagrosas– en acontecimientos simples pertenecientes a
la trivialidad de lo cotidiano.
Así, por ejemplo, cuando teníamos hambre, no se
hubiera “ divertido” gratuitamente materializando alimento.

Lo conseguíamos por los medios habituales: compra,
trueque o intercambiando servicios. Cuando tuvo que
utilizar sus poderes en este ámbito, era siempre en vista de
una enseñanza con el fin de ilustrar la fuerza del Espíritu.
En realidad, comíamos bastante poco. El hombre
que era el Rabí Jeshua no obligaba a nadie al ayuno o
a la frugalidad. Su solo resplandor nos inducía a pensar
poco en abundancia víveres. Por el contrario, ésta se nos
ofrecía de vez en cuando como un verdadero regalo del
Cielo cuando, por ejemplo, un saduceo algo disidente o
temerario nos invitaba a su morada.
Cuando se Le proponía un poco de vino, el Maestro
no lo despreciaba. Aunque nunca abusaba, reconocía
apreciarlo por la relajación y la alegría del que su principio
podía ser portador.
He oído a algunos de nuestros contemporáneos,
afiliados a ciertos grupos religiosos, pretender que
realmente no se trataba de vino… ¡sino más bien de
zumo de uva( O de una especie de resina a la cual se le abria añadido agua,como se podia hacer en Grecia)

! ¡Qué broma, o más bien qué hipocresía! El Maestro nunca puso barreras ni prohibiciones. Encarnaba un maravilloso mensaje de libertad y templanza, lo que siempre erizó el vello de los fariseos… ¡tanto a los de ayer como a los de hoy!

Jesús, el hombre, era sorprendentemente libre, libre y
desconcertante, capaz de cambiar de dirección geográfica
en el espacio de un instante, como un animal que habría
percibido alguna cosa en el viento, un peligro o una
invitación.
Seguirle se convertía en un ejercicio de abandono

constante. A este propósito, a menudo nos incitaba a
rebelarnos al borde del camino.
—“Entonces, si me tirase de repente desde lo alto de
esta roca ¿me seguiríais?” –Y añadía también a veces–
“Puede ocurrir que busque mi camino… No me refiero
a mi camino interior –éste está grabado– quiero decir mi
“camino en la tierra”. Como veis, no soy un bloque de
granito, mi padre me ha dado libertad de movimiento,
entonces la duda que puede experimentar la planta de mis
pies es también un regalo… esta es una enseñanza más
grande de lo que parece: retenedla…”
La Tradición narra el hecho de que habría aprendido a
trabajar la madera con su padre durante su infancia. Esto
es exacto pero, en realidad, mostraba poca disposición para
ese tipo de tarea. No le gustaba en absoluto. Por el contrario
disfrutaba levantando o reparando un muro de piedra,
podando un árbol, ayudando a un campesino a sembrar
su trozo de tierra. No desechaba los trabajos relacionados
con la materia. En este sentido, ponía escrupulosamente en
práctica la forma de ser que era enseñada en el Krmel.
Para Él, de igual manera que un árbol no crecía sin
raíces, era indispensable que un ser humano no fuese
ajeno a trabajos relacionados con la tierra. En su opinión,
la permeabilidad entre los mundos a los que el hombre ha
sido conducido, y de donde naturalmente proviene, debía
ser imperativamente mantenida. Jeshua ignoraba la noción
de corte y de ruptura.
Si alguna vez no deseaba tener contacto con tal o cual
persona, o de no retornar a ciertos lugares, consideraba su
decisión como un paréntesis momentáneo, un paréntesis que
se vería un día u otro reabierto de manera constructiva, en
tiempos más propicios, porque todas las almas son llevadas
necesariamente a comulgar al final de su evolución.

Si una relación conflictiva se perfilaba entre Él y algún
otro, vivía la situación de manera totalmente desapasionada,
un poco como un actor que no se dejase “invadir” por el
papel que interpreta, y guardase una distancia constante
con respecto al escenario.
Como testigo, os aseguro que esto no significaba en
absoluto que Él adoptase una actitud fría, desapegada o
distante en situaciones de tensión.
He constatado en múltiples ocasiones que el Rabí podía
sentir pena. Nunca fue un bloque de mármol difícil de
esculpir con un buril. Tenía solamente una extraordinaria
capacidad para distanciarse rápidamente de una situación
agresiva o hiriente.
Si hablamos de alguien que consigue vivir en el
“aquí y ahora”, este era exactamente su caso. No es que
su memoria se las ingeniase para conservar solamente las
cosas más agradables de la existencia, sino que todo su
ser se mostraba capaz de trascender con una velocidad
sorprendente cada herida o cada agresión.

La noción de resentimiento Le era desconocida. El
insulto, la maledicencia o la calumnia no tenían ningún
efecto sobre Él… hasta tal punto que su persona podría dar
la impresión de ser un cobarde o un miedoso.
¡Dios sabe sin embargo que estos dos tristes
calificativos no podían en ningún caso aplicársele! En
efecto, era Jeshua quien regularmente, por sus prodigios o
sus palabras, generaba situaciones en las que podía prever
que desencadenarían tempestades y que se volverían contra
su persona.
El Rabí era en esencia un provocador. No porque a
Él le gustasen los ambientes conflictivos, sino porque,
estimaba que una parte de la tarea que le incumbía era la

de zarandear al ser humano para poner en evidencia sus
actitudes mentales entumecidas y tóxicas.
Por lo demás, su sola presencia, como hombre que era,
no podía pasar desapercibida. Si esta presencia fascinaba,
molestaba tanto a aquellos de corazón duro como a los
que estaban constantemente a la defensiva, dispuestos a
cerrarse como una ostra.
Primeramente, su estatura era muy superior a la de la
media. En medio de la multitud, se quiera o no, sólo se le
distinguía a Él, con su larga cabellera oscura con tonos
ligeramente caoba y su barba siempre esmeradamente
cuidada. En cuanto a su mirada, si conseguíais cruzarla, era
de aquellas que no se pueden rehuir ya que nos escudriñaba
detectando algo que nosotros mismos ignorábamos. Creo
poder decir que muchos se sentían indispuestos por esa
mirada, porque tenía la particularidad de poner el alma
al desnudo y porque rápidamente nos decía que no
podíamos engañarle… ¡Eso no convenía a todo el mundo,
evidentemente!
Para Él, no era cuestión de imponer nada de lo que Le
habitaba en su realidad cotidiana y humana. No era pues
su manera de ser lo que pretendía inculcarnos. Empleaba
más bien todos sus medios para revelar nuestra manera de
ser, es decir, nuestro estado de servilismo y de ruptura con
nuestra esencia.
El hombre Jeshua no hablaba tan a menudo de su
Padre como lo pretenden las Escrituras canónicas. El
hombre, el Rabí, nos hablaba en primer lugar de nosotros,
de nuestras inverosimilitudes, de nuestras contradicciones,
de nuestra pasividad, de nuestros miedos… como resumen
de nuestras pequeñeces a la vista de las arrogancias que
mostrábamos. Por ello, no era comedido en sus discursos. Empleaba

los términos que manejaba el pueblo en la vida cotidiana.
Tampoco temía las bromas al límite de lo “que se podía
decir”, por poco que éstas fuesen portadoras de una
reflexión dirigida a abrir el corazón.
Los sacerdotes de todos los rangos Le reprochaban
a menudo esta actitud argumentando que se “rebajaba
demasiado” como para pretender ser el intérprete de las
Palabras del Altísimo.
Para Él, sin embargo, que se limitaba entonces a sonreír,
no existían niveles “demasiado bajos” en el pueblo, de la
misma manera que tampoco los había “demasiado altos”.

Antes de hablar como Maestro, el hombre en esencia quería
ser genuino en su discurso, es decir, expresarse según su
corazón y según el grado de apertura de los oídos a los que
se dirigía. En eso, aunque Él fuese sabio, generalmente los
sabios le apreciaban con moderación.
En resumen, no le seguía el juego a nadie, ni siquiera
a los de la Fraternidad esenia. ¿Es necesario precisar que
éstos se negaban a ver en él algo más que un Rabí audaz, incluso pretencioso y medianamente herético? 

Eran pocos los que, en su propia comunidad de origen,
tuvieron la humildad de reconocer en Él el Maestro de
Sabiduría y más tarde el Massiah  (El término de Massiah, el Mesías, es prácticamente equivalente a la palabra Cristo, Elegido, Ungido, es decir, Bendecido por el Eterno )
 que decían esperar.

No hay que pensar que este rechazo que mostraban los “suyos” no tuviese importancia en la vida del Rabí Jeshua. Nos equivocaríamos imaginando que el hombre era insensible a ello. El Maestro, el Cristo revelado, sabía, aceptaba y comprendía evidentemente todo… pero todo ser encarnado es susceptible de ser dañado.

Así, el Maestro solía hacer desaparecer rápidamente las

heridas del hombre insuflándole una dimensión superior.
Declarar que “nadie es profeta en su tierra” es común, sin
embargo, os puedo asegurar que vivir esta realidad como
Él la vivió no era nada particularmente “digerible”. Verse
rechazado podía significar estar físicamente condenado a
muerte.
De hecho, recuerdo perfectamente que, en varias
ocasiones, tuvimos miedo por la seguridad del Maestro,
incluso en los tiempos donde el poder vigente no se
mostraba amenazador.
El poder sólo se basa en la complicidad pasiva y
cobarde de los que lo dejan actuar e imponer su dictamen
a menudo injusto.
—“Todo poder –repetía el Rabí– es una dominación
cuando se basa en la debilidad de aquellos que han abdicado
de la maestría de su propia vida.”
Se sobreentiende que tales palabras constituían un brote
de rebelión donde la sutileza no escapaba a los saduceos y
daba escasas esperanzas a los zelotes.

Tendré ocasión de volver a hablar insistentemente
sobre el aspecto humano de Jeshua pues Este no hacía
más que reforzar el impacto de la Fuerza que Él asumía,
instaurando una proximidad con el Divino a la que nadie
estaba habituado.
Este doble aspecto de su personalidad representa, en
mi opinión, uno de los rasgos más sobresalientes que hizo
de Él un ser constantemente inalcanzable, a la vez sufridor
y alegre, tranquilo y rebelde, pero que iba en una sola y
única dirección sin mirar atrás jamás.
Cuando alcanzamos a comprender lo que esta doble
naturaleza implica en nuestra vida cotidiana, podemos
fácilmente adivinar por qué el hombre, tanto como el
Maestro de Sabiduría, desencadenaba hasta tal punto

las pasiones provocando conjuntamente, rechazo, odio,
cólera, desprecio o también admiración, amor, veneración,
adulación e incluso histeria.
Estos que yo llamo los Grandes Reencarnados, y que
los orientales califican de Avatares1 provocan siempre este
efecto sobre la humanidad que Ellos atraviesan como una
flecha volando directamente hacia su objetivo. Mezclan
las fragilidades humanas con la Fuerza considerada suprahumana.
Así, la paz que ellos dirigen en esencia comienza
paradójicamente por suscitar a su alrededor los elementos
constitutivos de un campo de batalla.
¿Acaso no sería esto una base de reflexión para
intentar comprender estas palabras a priori enigmáticas
y contradictorias?: “No he venido a traer la paz, sino la
espada.”
Personalmente, con la miríada de recuerdos que habitan
mi alma, y con el paso del tiempo, me digo que esta espada
se parecía extrañamente al sable de las artes marciales de
Oriente, a aquella del Budo cuya función verdadera es de
“atravesar al ego”.

Jeshua, el hombre, el Rabí ¿tenía Él ego? Nunca se me
hizo esta pregunta, como si estuviera fuera de lugar… Si
creo a bien abordarla aquí con la ayuda de lo que conservo
de mis vivencias a su lado, es porque me parece útil decir
algunas palabras a propósito de esta noción…
En efecto, nuestra cultura considera sistemáticamente
el ego como una realidad profundamente negativa. Aunque
el término “ego” no fuese empleado como tal en el entorno
del Maestro, su concepto existía para todos aquellos que se
hacían preguntas sobre la naturaleza del ser.
1 Avatar. Encarnación Divina reconocida que se manifiesta de época en
época. 

El Rabí hablaba del alma en su dimensión reducida y
encarnada, evocando así esta personalidad transitoria del
Ser que, de vida en vida, intentaba pulirse.
Entonces, ¿tenía Él también, como Rabí y como
hombre, lo que nosotros llamamos ego? Sin lugar a dudas,
yo diría que “afortunadamente, sí ”.
Sí, porque el ego es en principio lo que da su “color”
y su “perfume” a una conciencia conectada a su “toma de
tierra”. Es eso lo que le otorga una personalidad distinta y
que hace que sea ella y no cualquier otra.
Cuando no se es el esclavo, cuando no se padece las
pulsiones ni las manifestaciones limitadas y atrofiadas de
su realidad, el ego es la herramienta por la cual el Espíritu
que nos anima se comunica con la Materia y la aspira
hacia Sí. El ego es la vía por la cual la Fuerza eterna e
inmanente se infiltra a través de los mundos para permitir a
la vida consciente de sí misma, confrontarse a la densidad
y fortalecerse con su contacto.
Estar dotado de un ego no significa necesariamente
tener cambios de humor o estar sujeto a impulsos… Es

manifestar los rasgos fundamentales de la conciencia libre,
es tener la posibilidad de afirmarse, es decir, ser capaz de
extraerse de un alma-grupo. Es expresar un temperamento,
una manera de ser, una voluntad autónoma, es asumir el
riesgo de equivocarse, tener el derecho a dudar, a dejar
manifestarse una sensibilidad, sentimientos e incluso
emociones. Sistemáticamente creemos que una emoción
te arrastra “hacia abajo”, mientras que existen otras que
empujan al Ser, sin lugar a dudas, “hacia arriba”.
A este respecto, hay numerosas ideas recibidas que
me parece importante rectificar. Cuando me refiero a mis
recuerdos, de hace dos mil años, no puedo evitar recordar
al Rabí Jeshua como un hombre sensible y capaz de

emocionarse… esto no implica que Él estuviese dominado
por su sensibilidad ni por oleadas emocionales, sino que su
grandeza se basaba en el hecho de que, desde su interior,
conocía las contingencias que hacen del estado humano lo
que es.
Podemos deducir que sabía perfectamente de lo que
hablaba cuando enseñaba la maestría de sí mismo y la
búsqueda permanente del contacto con el Divino Absoluto
como puerta de salida de todos nuestros males.
Pretender que un Maestro haya nacido con su plena
maestría como una estatua de bronce o de cemento que
hubiese sido sacada de su molde de forma preconcebida,
es para mí el signo de una terrible inmadurez.
Desgraciadamente, una concepción semejante es
habitual en nuestras sociedades; es el resultado del lavado
de cerebro practicado sobre una multitud de generaciones
y que deja profundos estigmas en el pensamiento colectivo
y, por consiguiente, incapacidad para imaginar que ella
también tiene el poder y el deber de crecer.
Una vez más, que un Maestro de Sabiduría tenga que
reconstruirse, es decir, poner todo en práctica para resucitar

en Él la conciencia de su origen y de su misión, no hace
más que magnificarlo…
Jeshua, cuando era niño, se extrañaba Él mismo de su
diferencia, después como hombre, se cuestionaba sobre la
inmensidad de la Fuerza que solicitaba irradiar a través
de Él. Todo ello merece nuestro mayor respeto y nuestra
veneración.

en www.correodelram.com

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros Ramtha y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s