El Testamento de las Tres Marías

El día ha pasado volando; creo que
para mis compañeras también.
Estábamos tan ebrias de cansancio
y de emociones esta mañana, que ni
siquiera hemos tenido fuerzas para
subir hasta nuestra pequeña cabaña
encaramada sobre el agua.
Jacobea y yo conocíamos un refugio en el que los
pescadores almacenan sus redes y algunas herramientas.
Se encuentra en la arena, entre los espinos, a unos pasos
de donde hemos hecho nuestras hogueras. Nuestras
piernas no nos han llevado más allá.
Tan pronto como nos encontramos bajo su techo, nos
echamos entre las cuerdas y las viejas telas que siempre
había por medio. Era el mejor refugio que podíamos
esperar para abandonarnos al sueño y retomar algo de
fuerza…
Y si venían los pescadores, bueno, comprenderían y
seguirían su camino.
He dormido como un niño sin preocupaciones. Los
huecos de la arena bajo mi hombro y mi cabeza me han
parecido tan acogedores como lo eran en otro tiempo los
brazos y el cuello de mi madre.

Recuerdo únicamente los rayos de sol que han venido
a veces a acariciar mi rostro y a ofrecerle un suave calor
entre dos abismos de inconsciencia.
Hace un momento, cuando he sentido a Myriam y a
Jacobea moviéndose a mi lado, he conseguido finalmente
incorporarme sobre los codos y poner orden en mis
pensamientos.
El sol estaba ya muy bajo en el horizonte y el cielo
enrojecía intensamente. A fuerza de evocar el pasado,
nuestros días se han convertido en noches…
Un olor me ha empujado a levantarme un poco más,
mientras mis hermanas han exclamado a su vez.
Dos mujeres del pueblo estaban asándonos un poco
de pescado fuera de nuestro refugio. Nos miraban riendo
discretamente.
Así es como el día ha comenzado para nosotras…
bajo el sol poniente y con la comida que nuestros cuerpos
necesitaban.
Hemos bromeado con las mujeres acerca de mil
de cosas de la vida. Hablábamos alto, contrariamente
a lo que es costumbre en nosotras y lo hacíamos
como si estuviésemos bajo el efecto de una misteriosa
embriaguez. Estoy segura de que lo entendían, ellas que
desde el principio, cuando llegamos a esta orilla, se han
mostrado siempre tan abiertas a las palabras de Jeshua y
los cientos de relatos de nuestra vida a su lado.
Después, al acabar nuestra comida y el manto de
la noche nos ha envuelto de nuevo, me he preguntado
si Myriam iba a sumergirnos en sus recuerdos. Por un
instante, mi mirada se ha cruzado con la de Jacobea.
Estoy convencida de que compartía la misma pregunta
que yo.

Cuando las mujeres de los pescadores nos han
dejado, un largo silencio se ha instalado entre nosotras
tres, una especie de respiración que, sin ninguna duda,
reclamábamos en secreto.
He querido rezar para prolongar la quietud del
instante y tal vez también para preparar mi alma a lo que
se avecinaba.
De repente, sacudiéndose el cabello, Myriam nos ha
dicho:―
“¿Qué tal si dormimos aún un poco más…?
Cuando un cuerpo se ha hartado de comer y se encuentra
somnoliento, no se abre a lo mejor de la vida. ¿Tenemos
tanta prisa por terminar? Por mi parte, me gustaría
que estas horas se estirasen y no querría que no las
viviéramos con plena consciencia. Descansemos un poco
más, ¿queréis? Dejemos que el momento preciso llegue
por sí mismo”.
Ni Jacobea ni yo protestamos. Desde el principio
hemos comprendido la rareza del perfume que hemos
decidido ofrecernos mutuamente. Es un vapor del alma
que tenemos que saber recoger con la lucidez, la lentitud
y el respeto necesarios.
Así que nos abandonamos de nuevo al confort de las
cuerdas, de las telas y de la arena sin pensar en otra cosa
que no sea la gracia que nos permite encontrarnos así.
Dejamos que la noche se despliegue suavemente sobre
nosotras…
Y después… Me he despertado hace unos instantes,
espontáneamente, con la mente clara y por fin saciada de
sueño. He abierto los ojos, he adivinado la claridad de la
luna y he oído a mis dos hermanas murmurar…
―“¿Shlomit? ¿Estás despierta?”
―“Shlomit…”

Me incorporo sin esfuerzo, lo suficiente para
descubrir sus siluetas sentadas a la entrada de nuestro
refugio, con la espalda apoyada en los frágiles troncos
que soportan el techo del mismo.
―“Sí ―digo casi sin pensar―. Sí, estoy aquí…”
Sé que es la hora, que todo está ahí, listo para brotar
de la memoria y del corazón de Myriam. Lentamente, me
deslizo hasta mis hermanas de alma y me siento al lado
suyo. En un impulso espontáneo, nuestras manos se unen.
Las mías están heladas. Sin embargo… ¡siento tal fuego
de alegría que sube en mi centro! Myriam también lleva
el fuego en ella más que nunca. No hay necesidad alguna
de suplicarle para que comience su relato.
―“Cuando vi a Jeshua por primera vez, al igual
que vosotras, la única idea que tenía de Él era la de un
primo lejano. Mi padre adoptivo, José(de Arimatea), me había hablado
algunas veces de Él de forma enigmática, contándome
solamente que era muy sabio y que, para avanzar en
sabiduría, se había ido, siendo todavía muy joven, a hacer
un largo viaje hacia el este.
Casi no guardaba recuerdo alguno de él. ¡Habían
pasado tantas cosas! En primer lugar, mi desgraciado
matrimonio con Saulo(Saulo de Tarso), más adelante el hijo que tuve con
él, Marcus, y finalmente mi huida desesperada de su casa
que se había vuelto insoportable para mí.
Conocéis mi naturaleza más bien rebelde… ¿Cómo
hubiera podido pasar mi existencia bajo el techo de
un hombre con tendencias violentas, al que le gustaba

el vino más de lo debido y que estaba fascinado por el
poder?
Cuando me fugué de casa de Saulo, en Jerusalén,
sabía lo que arriesgaba. Herido en su orgullo, no dudaría
en acusarme de ser una mujer adúltera, incluso una
prostituta.
Estaba desesperada e igualmente asustada, y le dejé
a mi hijo, todavía niño, con el fin de no desencadenar
demasiado su cólera.
Primero me refugié en casa mi padre, que como
sabéis era un hombre muy respetado, más tarde, en la
pequeña casa que poseía en Migdel. Fueron necesarios
varios años para que consiguiese persuadir a Saulo de
que me confiase a nuestro hijo Marcus. En realidad, creo
que este último le pesaba más que otra cosa. Ante todo,
su pasión eran sus “negocios”, como él decía, con los
romanos.
Este episodio doloroso de mi vida me dejó durante
mucho tiempo en un estado de rebeldía frente a los
hombres. Saulo y sus excesos se habían convertido para
mí en el símbolo del género masculino en su totalidad.
Por supuesto, era consciente de mi propio exceso en esta
actitud, pero había una cólera dentro mí que no conseguía
calmar.
Fue el trabajo de las plantas y de las hierbas el que
poco a poco ayudó a mi alma a recobrar mi centro. Por
suerte La casa de Migdel tenía un pequeño jardín rodeado
de un pequeño muro de piedras. Cuando comencé a vivir
allí, vivía en ella una anciana que era pariente de José.
Pertenecía a la Fraternidad(La comunidad esenia) y durante mucho tiempo
había vivido en uno de sus pueblos. Allí es donde había

aprendido los antiguos secretos de las plantas y de los
ungüentos. Cuando partió para unirse con el Eterno,
ya me había transmitido sus conocimientos y su saber
hacer. Al margen de todo, señalada con el dedo por unos
cuantos, rehíce mi vida partir de ahí.
Os confieso, amigas mías, que ya no rezaba casi
nunca. La dureza de este mundo y de la trampa en la que
había caído me había convertido en algo parecido a esos
espinos que encontramos por todas partes en nuestros
campos. En el mejor de los casos, me podía parecer
a un cardo debido a su flor malva, que debía parecerse
al pequeño trozo de alma que, a pesar de todo, se había
quedado escondido en alguna parte dentro de mí.
Todo cambió un día, durante una visita que hice a
José en su bella residencia de Jerusalén. Al franquear el
umbral de su jardín interior, percibí inmediatamente la
silueta de un hombre de gran estatura que conversaba
con él. Quise retirarme para no molestarles, pero mi
padre inmediatamente me hizo señas para que avanzara.
El hombre se dio la vuelta… como habréis adivinado, era
Jeshua.
Os lo aseguro… Viví una conmoción. No es que Le
encontrara especialmente guapo sino que fue debido a la
intensidad de su mirada.
La mirada que posó en mí en ese instante era a la vez
dulce y penetrante. No pude soportarla… bajé la cabeza
y luego me incliné para saludarle esperando poder irme
acto seguido. Mi padre me disuadió de hacerlo y aquel
hombre insistió para que me quedase. Me aseguró que su
tío José acababa de hablarle de mí… Decididamente ¡no
podía dar media vuelta!
Entonces mi padre puso su mano derecha en su
corazón y me presentó de manera solemne a Jeshua, ese
pariente tan especial del que ya me había hablado y que
ahora se había convertido en Rabí.
Y después, ¿qué deciros? ¿Que Jeshua me fascinó y
que Le volví a ver muchas veces durante mi estancia en
Jerusalén? Sí, por supuesto… pero ni siquiera la palabra
“fascinar” sería la adecuada. En la fascinación hay a
menudo una parte de seducción… Ahora bien, no estaba
seducida; estaba… cautiva, casi como “tomada” en lo más
profundo de mi ser.
No solo estaba convencida de conocer a Jeshua desde
siempre, sino que inmediatamente supe que Él era el
había hecho cambiar mi vida. No tenía nada que ver con
un sentimiento amoroso; esa certeza venía de una especie
de soplo o de bofetada sagrada.
De hecho, no podía hacer otra cosa que encontrarme
con Jeshua pues, inevitablemente, los dos nos alojábamos
en casa de José.
Recuerdo que al principio me dirigía muy poco
la palabra. Era más bien yo la que sentía la repentina
necesidad de expresarme, como por miedo al silencio
entre nosotros. Así que le hice miles de preguntas acerca
de sus viajes. Respondía de manera bastante breve y con
una suavidad en la voz que no dejaba de impresionarme.
Desde nuestro segundo encuentro, sentí la irresistible
necesidad de tocarle los pies, no porque fuese rabí,

sino porque ya había comprendido que Él no era como
todos nosotros, que irradiaba algo desconocido e
increíblemente puro. Me dejó que lo hiciera y creo que
mi gesto duró mucho tiempo. Para Él y para mí, aquel
fue una forma de pacto o de reconocimiento, no lo sé.
Cerrando los ojos, he revivido a menudo esos instantes y
pienso que forman parte de los más bellos de mi vida. Ni

una palabra salió de nuestros labios, no era necesario, un
solo sonido lo habría empobrecido todo.
Cuando me incorporé, solamente me dijo:
―“Myriam… Existen tramos del camino que nos
invitan a caminar, más que otros. ¿Reconoces el que
ahora comienzo como si tal vez, también fuese el tuyo?”
Sin ni siquiera reflexionar ni comprender todo lo que
eso podía significar, respondí un gran sí con la cabeza.
Nos separamos ahí hasta la hora de la cena.
No quiso que yo comiese aparte, como prescribía
oficialmente la costumbre( La costumbre establecía que las mujeres comiesen separadas de los hombres y además, después que ellos. Sin embargo, las comunidades esenias eran una excepción. Las mujeres eran consideradas como iguales a los hombres).

. Esa fue su manera de
recordarnos su pertenencia de corazón a nuestra
Comunidad. Yo casi estaba enfadada, pues no podía
evitar constantemente su mirada ni disimular mi
turbación.
Los días que siguieron no cesaron igualmente de
asombrarme. En un principio me había imaginado que era
un rabí algo solitario, sin embargo, resultó estar rodeado
de un gran número de personas llenas de veneración por
Él. La mayoría de las veces, Le esperaban en la esquina
de la callejuela en la que José tenía su casa.
Una mañana en la que atravesaba el umbral al mismo
tiempo que Él para dirigirme al mercado, Jeshua me
preguntó de repente si quería unirme a ellos.
―“Rabí ―dije―, necesito llenar esta calabaza con
algunas verduras…”
―“Myriam, dime ―me respondió con ese aire grave
y a veces algo burlón que todas Le hemos conocido―,

Myriam… ¿solo tienes hambre de verduras? Me parece
que reclamas una comida un poco más consecuente ¿no
crees?”
Hice como que no comprendía, mientras echaba un
rápido vistazo en dirección a aquellos que Le esperaban
algo más lejos. A juzgar por las apariencias, pertenecían
al pueblo llano, aunque algunos llevaban atuendos de
calidad.
―“Se vive bien en casa de José, continuó… pero
¿es esa la vida que quieres vivir? El propio José aspira
a otra cosa… Eres de aquellas y aquellos que buscan un
alimento del que nunca están saciados. Reconócelo…”
Esas palabras, que en aquel momento me parecieron
algo sentenciosas, marcaron el verdadero comienzo de
todo. Sin protestar y sin entrar en razones, seguí a Jeshua
hasta el final de la callejuela y me uní a los que Le
esperaban.
A buen ritmo, atravesamos una puerta y salimos de
la ciudad para sentarnos finalmente en un lugar frente a
las áridas montañas. Fue allí donde por primera vez oí a
Jeshua enseñar.
Debo deciros, hermanas, que no recuerdo lo que dijo.
Sus palabras no entraron en mí a través de mis oídos
para fijarse en mi memoria. Habitaron mi carne desde el
primer instante. Así fue como las absorbí… con algo de
mí que hasta entonces ignoraba que existiese.
Fue una revelación total. ¿Quién era ese hombre que
hablaba del Eterno como de su padre y que daba a las
palabras otro color diferente del que conocíamos? ¡No era
un rabí!
Unas horas más tarde, volví a casa de José llorando
y con la calabaza vacía. Estaba conmocionada por lo
que había penetrado en mí. No era solo mi alma la que

se mostraba tocada, también mi cuerpo estaba como
febril. Mi padre no hizo preguntas. Siempre fue discreto y
estaba lleno de sabiduría. Hoy pienso que ya veía que las
cosas se estaban llevando a cabo.
Esa estancia en Jerusalén duró varias semanas. A
través de no sé qué misterio, cada día nos acercaba un
poco más a Jeshua y a mí.
Por más que intentaba no seguirle a todas partes para
recoger las fulminantes palabras de paz que sembraba
a su paso, todo ocurría de tal manera que hacía que nos
encontráramos, incluso en el exterior de la casa donde
nos alojábamos.
Por más que me repetía que tenía que volver a Migdel
para reunirme con mi hijo Marcus, que aprendía el oficio
de la pesca con algunos jóvenes de su edad, no conseguía
decidirme. Sí, tal como os acabo de decir, la paz de
Jeshua era fulminante. Era… todo aquello que de lo que
no había tenido conciencia de haber esperado tanto…
Rebeldía y dulzura, espada y compasión… ¡lo Humano
unido a lo Divino!
Una tarde, en el pequeño jardín de mi padre, nos
encontramos de manera casual los dos solos y Jeshua me
hizo la misma pregunta que la que había marcado nuestro
segundo encuentro: “¿Reconoces, Myriam, el camino que
comienzo como si tal vez fuese también el tuyo?”
Recuerdo haber bajado los ojos. Me debí sonrojar
¿Qué debía responder? No tuve que articular la más
mínima palabra. Jeshua se inclinó hacia mí y depositó
un ligero beso en cada uno de mis párpados. Después
me cogió la mano y pudimos hablarnos… hablarnos del
camino que se abría, del camino a tomar y de lo que
eventualmente iba a significar, para Él, para mí, para
nosotros.

Reconozco que no medí en absoluto el desafío que
aquello iba a representar. En la ternura que me ofrecía,
solo veía una suprema bendición. No sospechaba que,
bajo el velo de su gracia, se disimulaba el mayor combate
que un ser pueda librar, el de la Infinita Luz frente a las
pulsiones de la Separación.
Jacobea, Salomé, vosotras también lo habéis vivido
a vuestra manera… Cuando nos acercamos “demasiado”
a un Portador de Luz, encendemos instantáneamente el
fuego de la adversidad, llamamos irremediablemente a
las iniciaciones más difíciles, aquellas que enriquecen el
alma para siempre pero que también saben consumir el
cuerpo para obligarlo a renacer en verdad.
Cuando dije que sí a Jeshua para tomar su camino,
solo era una mujer orgullosa y rebelde, inconsciente del
látigo de la Vida que iba a restallar detrás de cada uno
de sus pasos. Así, unos meses más tarde tuvieron lugar
nuestras bodas en Caná.
Contrariamente a lo que tal vez pensáis, aquellos
meses no fueron fáciles. Tuve miedo… Regresé a Migdel
por mi hijo. Intenté volver a empezar a rezar según los
consejos que Jeshua me había dado, pues era necesario
que fuese la esposa digna de un rabí… sin embargo, en mí
se instalaba la tormenta.
¿Qué iba a hacer? Ese hombre, al que parecía estar
destinada, casi me asustaba debido a su diferencia.
Todavía me sentía manchada e indigna debido a mi
antigua ruptura con Saulo. Éste había encontrado
personas tan generosas para gritarme que sería
deshonrada para siempre, que mi alma, a pesar de su
fuerza, guardaba silenciosas cicatrices por ello. Y estas
cicatrices me impedían aferrarme a las oraciones de mi
infancia, las de nuestro pueblo.

Jeshua me había aconsejado que olvidara todas
las palabras aprendidas y que simplemente pusiera mi
corazón al desnudo… pero ¿qué quería decir poner el
corazón al desnudo? ¡Había sido necesario que lo rodease
de una coraza tan grande para poder continuar respirando
durante todos esos años! Si me desprendía de ella, ¿qué
iba a descubrir? Tal vez una mujer que, finalmente, ya
no creía en gran cosa. ¡Dejar mi corazón al desnudo!
¿Con quién iba a casarme exactamente? ¿Por fin con un
verdadero marido o con un extraño rabí? ¡Todo había
ocurrido tan deprisa!
Arrodillada frente a mis hierbas y plantas, llegué
a dudar de las horas milagrosas que había vivido junto
a Jeshua. Había generado un torbellino dentro de mí y
alrededor de mí. ¿Qué había removido ese torbellino para
conmocionarme de esa manera y tan deprisa?
Intenté poner el corazón al desnudo… como lo hacen
a veces todos aquellos que están algo perdidos en sus
vidas por cargar con un peso sobre sus hombros y por
haber huido demasiado de la maldad.
Un día en el que todavía tenía dudas, vi a Jeshua
presentarse en el umbral de mi puerta. Su visita era
imprevista e imprevisible. Mi primer reflejo fue el de
ofrecerle un rostro muy seguro y digno, pero un instante
después, me encontré a sus pies con la frente contra el
suelo. Era superior a mí, infinitamente más que el orgullo
que siempre había mostrado.
―“¿Pasabas por aquí, Rabí?”
―“Pasaba por tu casa…”
Nuestra conversación comenzó de manera
insustancial, luego, de repente, Jeshua se colocó frente a mí y tuve la sensación de que nos habíamos separado el día de antes. Las palabras que me dirigió entonces

son de las que no se pueden olvidar. Eran especialmente
intensas.
―“Entonces ¿a qué se debe tu miedo, Myriam?
Si piensas que yo soy la causa, te equivocas, pues en
realidad me reconoces. Te lo aseguro, tu miedo viene de
lo que todavía no te reconoces a ti misma. Tienes que
saber que ese miedo no es tuyo solamente. Es el de todo
humano cuando le llega la hora de confesar su parentesco
con el Eterno. Puedes estar segura que hoy, es el Altísimo
el que llama a tu puerta…
De aquí a una luna, seré tu esposo. No para que me
laves los pies ni para que me prepares la comida. No
para reconfortar mi carne sino para reconciliar tu alma en
lucha contra sí misma.
Myriam, no es tu cuerpo lo que he venido a buscar,
sino tu alma detrás de tu carne y tu espíritu detrás de tu
alma.Así que ¿por qué tienes que tener miedo? Mi Padre
busca una mujer para convertirse en la Mujer porque Él
necesita una copa para recoger Su semilla de consolación
en este mundo.
Se ha enseñado a este pueblo que el hombre fue
creado antes que la mujer… pero si te digo que la mujer
vio el día antes que el hombre, ¿me creerías? Si te digo
que es mi Madre, que forma uno solo con mi Padre, la
matriz de todo, ¿me creerías también?
Podrías creerme, pues desde toda la eternidad, el
agua es tanto como el fuego y la tierra tanto como el aire.
No obstante, no te enseñaré esto pues mi Padre, que es
también mi Madre, son indisolubles, proceden el uno del
otro.
Así, compréndeme, el hombre y la mujer se han
inventado el uno al otro. Casándome contigo me caso

conmigo mismo y casándote tú conmigo tú también te
casas contigo misma. Finalmente te reconoces.
He venido para hablarte del sentido de nuestra unión
y resucitar en ti la Admiración por ella. Con esta unión,
se te pedirá que seas todas las mujeres de este mundo. En
espíritu, te enseñaré a tocar a mi Madre, que es también
mi Padre, pues sabrás que todas las mujeres son un poco
de mi Madre esparcida a través de Su Creación.
Con nuestra unión, sabrás que todos los hombres
están en mí y que son un poco de mi Padre, que intenta
Reunirse en el corazón de Su expansión”.
Como podéis imaginar, hermanas, me quedé
totalmente silenciosa frente a esas palabras. De forma
sorprendente, ignorante como era todavía de los misterios
del Altísimo, tuve la sensación de comprenderlas
íntimamente, de captar la esencia, la sustancia profunda y
todo lo que ellas implicaban.
¡Menos mal que no se me pidió que tradujese lo que
había comprendido! Hubiera sido totalmente incapaz, yo,
que apenas sabía leer dos palabras y trazar las letras de
mi nombre en la arena.
Solo puedo decir que, simplemente, lo comprendía…
sin penetrar en el sentido exacto de las palabras
utilizadas. Supe el porqué más tarde… Cada palabra
justa que unimos con precisión a otra palabra justa, hace
nacer al contacto con esta una sutil melodía que nuestra
inteligencia ordinaria no puede alcanzar, pero que algo
Ese algo ha sido llamado Nous por los Gnósticos. Podemos traducirlo por Supramental. Ver “El Evangelio de María Magdalena”, del mismo autor.)
en nuestra alma, consigue recoger en el momento en que
la pureza la habita.
lo encontraras en  www.correodelram.com

 

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros Ramtha y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s