Relatos de un viajero en el tiempo de Daniel Meurois & Anne Givaudan

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Continuación

La crucifixión tuvo su importancia, y no hay que minimizarla en absoluto, pero el Cristo-Jesús era la negación misma de la idea de la muerte, así como los enviados del Espíritu que le han preparado el camino por todos los rincones de la Tierra y del universo. Sea como fuere, el simbolismo de la cruz es sumamente rico. Tengamos siempre presente que este signo no apareció con el cristianismo. Aunque ha sido el Cristo quien le ha dado su plena dimensión, encontramos la cruz desde en las pirámides de Palenque, en México, hasta los santuarios de India, y desde las edades más tempranas. Cabría pensar que la cruz es uno de los gestos más sencillos que puede trazar una mano, por torpe que sea. ¿Acaso los analfabetos no firman con una cruz? Ese es el argumento de los detractores del esoterismo profundo que contiene este signo. Conviene tenerlo en cuenta respecto a la cruz sencilla e irregular que se puede encontrar en las paredes de las cuevas. Pero cuando el símbolo presenta características innegables, la cuestión es totalmente distinta. Hay casi tantas cruces como escuelas místicas. ¿Alguna es preferible a otra? te preguntarás. No, en absoluto. Las variantes solo acentúan uno u otro aspecto del simbolismo. Para intentar abarcar todos sus aspectos haría falta un libro entero. Se la puede considerar, ante todo, como el eje de la rueda cósmica, de la rueda del karma y de la de la serpiente Uróboros de la que ya te he hablado. En este caso, tiene cuatro aspas iguales y forma el doble eje de los solsticios y los equinoccios. Es la llamada cruz griega. Ahora cambiemos un poco la forma de las aspas de este signo sin modificar las relaciones de dimensiones que guardan entre sí, y tenemos una cruz cátara. También es un verdadero jeroglífico cósmico. En sus cuatro aspas iguales leemos los cuatro puntos cardinales, las cuatro dimensiones del espacio y las cuatro estaciones que jalonan el curso de la luz del sol identificada a la del Espíritu. También la cruz templaria conserva las características de la cruz griega inicial, pese a las dos puntas de cada una de sus aspas.” —Ese comentario sobre la cruz templaria me recuerda algunas nociones de Historia —digo—. ¿No tuvieron graves problemas los templarios con su famosa cruz con lengüetas? —Iba a hablarte de ello. El clero católico ha reprochado a los templarios el rito que consistía en escupir sobre el crucifijo. Observa que digo crucifijo y no cruz. El motivo es que los iniciados de la Orden del Templo estimaban que el crucifijo solo representaba el emblema de un ultraje, el infligido por lo material a lo inmaterial, a lo divino, y que su madera simbolizaba pura y simplemente la Bestia de las Escrituras. Indudablemente, los templarios han cometido el error de ser demasiado excesivos con semejante rito. Sin embargo, no se puede considerar que su gesto sea sacrílego. A veces el esoterismo toma caminos muy extraños, que no están exentos de peligro. El ejemplo templario sirve sin embargo para recordarnos que la cruz latina, la cruz del suplicio de aspas desiguales, no es el signo del verdadero Cristo. Si observas atentamente algunas de las estatuas que nos rodean, y si centras tu atención en las que proceden del antiguo Egipto, te darás cuenta de algo especial. No hace falta que mi guía me diga nada más. Me siento más que feliz de poder pasear por el museo más maravilloso que pueda existir: un museo que expone obras maestras que se dirigen al alma y al Espíritu. Me adelanto a mi amigo unos cuantos pasos, buscando a derecha, a izquierda, detrás de mí. Busco a los testigos inmortales de una de las civilizaciones más prestigiosas alumbradas por la Tierra. Mi mirada ávida de aprender topa de pronto con una gran estatua de piedra azulada de más de dos metros de altura, de formas elegantes. Tiene todo lo que produce la armonía de las proporciones que se respetaban en el antiguo Egipto. Exclamo entusiasmado, dando unos pasos hacia mi amigo: —¡Es esta! ¿Verdad? ¿Es esta? No cabe duda que mi entusiasmo resulta un tanto pueril a ojos de mi guía, que acude hacia mí a grandes zancadas con expresión divertida. —Sí, es esa, o al menos una de las que quería que vieras, pues otras muchas tienen una característica casi idéntica a esta. —¿Es Osiris? —Sí, es él… La dulzura de la mirada, la finura de los rasgos de esta divinidad del Amor no me han engañado. Sus ojos miran fijamente al frente, como si fueran testigos de una realidad que mi corto entendimiento humano solo alcanza a presentir. Conforme a los cánones del arte egipcio, tiene una pierna adelantada a la otra, con la planta de los pies bien apoyada en el pedestal. El brazo izquierdo cae con gracia a lo largo del cuerpo, mientras que el brazo derecho está ligeramente estirado hacia delante, a la altura del pecho. Su mano sostiene un pequeño objeto de metal dorado,que parece ofrecer a la contemplación y a la meditación. Ese objeto es el que ha acaparado mi atención. —¿Te intriga ese símbolo? —pregunta mi guía—. No te preocupes, no es único, te será fácil encontrar su rastro en la Tierra. Como puedes ver, se trata de una cruz, aunque un tanto especial. Los sabios del mundo de los hombres la han llamado Crux Ansata (O también Ankh, cruz ansada), pero es más sencillo llamarla “cruz de la vida de los Egipcios”. —No me parece exactamente una cruz, sino más bien una T coronada por un círculo. —Sí, sé lo que piensas… Pero para comprender bien la amplitud de este signo hay que analizar cada una de las partes que lo componen. Tú mismo has dicho que se trata de una T y de un círculo. Puedes adivinar fácilmente por qué los grandes Adeptos Egipcios hicieron de la T el símbolo masculino, y del círculo el símbolo femenino. Pero no es en eso, en la marca de los sexos, o más bien de las polaridades, donde reside la dificultad de interpretación de la T. Lo que hace que la Crux Ansata represente realmente una cruz, es ante todo la presencia de la T, o más exactamente del “Tau”. —El Tau… ¿no es la última letra del alfabeto hebreo? —Exactamente, aunque no sea el pueblo hebreo quien ha inventado esta letra ni lo que representa. Sabes que cada letra hebraica representa una idea, que además de un carácter de escritura, es un signo. Bien, pues el Tau expresa por sí solo la síntesis, la marca y la incisión. Es el signo de la letra por excelencia. ¿Síntesis, de qué? Para los egipcios, síntesis del Espíritu y de la materia. Del Espíritu, que ha aceptado tomar cuerpo para trascender a la humanidad entera. Es el misterio que surge del punto de encuentro entre lo vertical y lo horizontal. Puede ser Osiris, Krishna, el Cristo-Jesús. La Divinidad descendida entre los hombres para indicarles el camino es una marca de Dios sobre la Tierra, una incisión practicada en la corteza de egoísmo de la raza entera. El Tau, esa es la letra. No la letra y el sonido generadores, sino la letra y el sonido reparadores. Para los antiguos de Egipto, la Crux Ansata representa la inmortalidad del Espíritu. Desde un punto de vista más prosaico, es la cruz de la fertilidad. La buena cosecha resulta tanto de la acción del Espíritu Santo, o “elemento” positivo, sobre la materia, el elemento negativo, como de la acción del agua y del sol, asociación energética, sobre la tierra, materia receptora. Te he dicho que llames a la “Crux Ansata” cruz de la vida egipcia, pero no por ello pienses que solo se encuentra en Egipto. Mi objetivo es demostrarte que el hombre es uno en todo el mundo, y que Dios, el gran Todo, es el único, el mismo para todos, más allá de los eones y de los universos. Así pues, la cruz egipcia ha establecido en todas partes una especie de trinidad: Vida, Amor, Fertilidad… cada elemento deriva del otro, formando un ciclo eterno. En Babilonia, la “Crux Ansata” era el emblema de los dioses del agua, generadora de vida. En México, entre los mayas de Palenque, era el signo de la regeneración, de la primavera de la naturaleza, de la primavera del hombre que redescubre el Espíritu. Entre los escandinavos, la “Crux Ansata” era el signo de los dioses del cielo, que crearon a todo el género humano. Como toda cruz, ilumina el suelo terrestre con su presencia; se encuentra incluso en la Isla de Pascua. —¡Es increíble! —digo mientras sigo contemplando el largo rostro de Osiris que su alto y fino tocado alarga aún más—. ¡Cuántas cosas hay por saber! —No lo creas. Olvídalo todo si quieres, salvo que la cruz es la vida y no la muerte, la victoria final del Espíritu sobre la materia. Si hay algo que debes saber a propósito de este signo, es eso: el resto se puede considerar pura erudición. Te he hablado de ello para indicarte una vez más los caminos que toma el Espíritu humano en su evolución, y que, aun con leves divergencias, este signo es una de las vías que adopta la Divinidad para manifestarse entre los hombres. Mira bien esta soberbia representación de Osiris que tenemos delante; imprégnate de ella para que algún día puedas transmitir una imagen detallada y fiel de ella. Obsérvala, porque no podrás encontrarla en la Tierra, no porque aún no se haya descubierto, como el dios sol atlante, sino porque ya no se encuentra allí. Pereció en un templo bajo una lluvia de meteoritos, cuando el imperio de Faraón sufrió el más terrible golpe de ariete más terrible que haya recibido jamás, la última de las llamadas siete plagas de Egipto. No pertenecen al ámbito de la leyenda, como pretenden ciertos historiadores “cualificados”. Hoy, el polvo de este Osiris azul se desliza bajo las aguas del Nilo. ¿Por qué no se salvó esta obra maestra? —me dirás—. Simplemente porque era necesario destruir un santuario determinado a cualquier precio, aún a costa de sacrificar las obras de arte que encerraba. Ese santuario fue apartado de su destino original por sacerdotes más preocupados por el poder temporal que por otra cosa. Laestatua del joven Osiris ya no estaba cargada de Amor, la presencia del clero pervertido había marchitado su resplandor. La naturaleza quiso que las cosas así fueran. Un objeto, sea cual sea, capta las ondas de los seres que lo rodean y a quienes pertenece. Todas las cosas se cargan negativamente si se emite en su presencia una radiación negativa, es decir pensamientos tristes o nocivos. Las vibraciones emitidas por un cuerpo están sujetas a la menor fluctuación de pensamiento de la persona a quien pertenece ese cuerpo. Por ese motivo, ciertos santuarios merecen bien el adjetivo de sagrado; cada una de sus piedras está impregnada del ideal elevado, de los pensamientos de Amor de todos los seres que se han acercado a ellos con la idea de Dios en el corazón. El más potente, el más bello de esos santuarios se encuentra en una de las regiones más altas del Tíbet. Gracias a las altas entidades que lo han tomado bajo su protección, los chinos lo desconocen, puesto que, dado el estado mental actual de sus dirigentes, lo profanarían, pues lo considerarían un “lugar destacado del pensamiento retrógrado”. Como ya te he dicho, solo se odia y se destruye aquello que no se comprende y que se teme profundamente. Cuando hace un momento te decía que el hombre emite ondas positivas o negativas con cada uno de sus pensamientos, no hablaba metafóricamente. Esas ondas incluso originan seres a quienes se acostumbra llamar “formas pensamiento”. Cada idea, cada pensamiento encuentra una resonancia en forma de concretización en la parte baja del astral inferior, de la que ya hemos hablado. Las cosas ocurren de este modo, y sígueme bien porque es más importante de lo que parece a primera vista.

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