Relatos de un viajero en el tiempo de Daniel Meurois & Anne Givaudan

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El Sol en persona con un cuerpo humano

Mi guía ha enmudecido. Sus palabras, todo conocimiento y sabiduría, han dejado de resonar dentro de mí.

Sin atreverme a interrumpir el silencio que acaba de instalarse, levanto la cabeza hacia el techo de la bóveda que nos alberga, y a través suyo distingo las ramas altas de los árboles de la selva. Casi me avergüenza confesar que ni siquiera me sorprende. Sin embargo, ¿qué prodigio ha podido lograr que la mampostería del edificio se haya vuelto transparente progresivamente? Ya no hay museo, sino un enorme depósito de sabiduría que testifica las oleadas de Amor vertidas sobre la Tierra. Lo que sucede ante mí es prodigioso, las paredes han desaparecido, es el bosque entero el que aloja a las divinidades de oro y de piedra.

Sabes, ¡es una ilusión! En realidad, las paredes están ahí. He querido volverlas invisibles para que disfrutes la alegría de un momento así. ¿Conoces algún placer estético mayor, más total que este?

El más bello de los museos, en la naturaleza más rica que pueda haber. Me ha bastado con quererlo. Tú también podrías conseguirlo; ya te he dicho que la voluntad es capaz de engendrar la materia por una serie de reacciones en cadena, pero le resulta aún más sencillo cambiar la estructura atómica de esa materia. —Sí, comprendo, todo se reduce a eso, o casi. Me recuerda la leyenda del anillo que vuelve invisible, una leyenda que reaparece en muchos textos medievales; el mero hecho de girar el anillo bastaba para que quien lo llevaba se volviera invisible a ojos de sus perseguidores. —Haces bien en hablarme de ello, pues no se trata de una leyenda. Esos anillos existían en las grandes civilizaciones aniquiladas por el Diluvio; me refiero a la Atlántida, al antiguo continente indio, y a Egipto antes de que recibiera su nombre actual. Algunos druidas han tenido objetos similares en su poder, y también los brahmanes. Pero un anillo nunca es más que un objeto, es decir algo perecedero. La tecnología supo sacar partido de los poderes del espíritu estudiando minuciosamente una acción particular de éste sobre un cuerpo físico. Cuando la ciencia de las civilizaciones antediluvianas alcanzó resultados semejantes, no adelantó mucho. Poner al alcance de todos un poder oculto por naturaleza solo puede representar un grave peligro. Las fuerzas espirituales, o calcadas sobre estas, son un arma de doble filo. Cuando seres nefastos se adueñan de la dirección de las Fuerzas ocultas, cabe esperarse lo peor. Eso es lo que ocurrió a los pueblos sepultados por las aguas. Aunque escucho a mi amigo con atención, no puedo evitar pasearme entre las sobrecogedoras estatuas de las altas entidades que durante un tiempo fueron divinizadas en Tierra. No sé ni adónde atener: ¿a la derecha? ¿A la izquierda? ¿Hay que seguir algún orden lógico? Como para contestar a mi pregunta, mi guía me dice:Sígueme, allí hay una estatua que no has visto todavía. Quizá sea la más extraordinaria. La fundió en oro puro, oro alquímico, la alta entidad del artista que más adelante creó la máscara mortuoria del faraón Tutankamón. El original, pues todas estas estatuas solo son dobles proyectados astralmente, sigue existiendo en la Tierra, en una cripta que lleva más de diez mil años durmiendo bajo el océano Atlántico, en alta mar, frente a las costas americanas. De pronto me encuentro ante una obra maestra de una belleza inolvidable. ¿Cómo describir semejante visión? Un cuerpo semidesnudo majestuosamente sentado en un trono de líneas muy puras; no tiene rostro, no, sino que algo extraordinario que lo sustituye… un sol, un enorme sol que irradia energía, que emite una fuerza inagotable. Esta divinidad es el sol en persona con un cuerpo humano. Solo puede ser obra de un grandísimo artista. Nunca he visto nada parecido: una impresión de fuerza y de delicadeza a la vez, una mezcla de arte hindú y de arte egipcio, una enorme fuerza simbólica. Los pies del dios están levemente cruzados, y está rodeado de emblemas por todos lados. Reconozco la escuadra, el compás y el cuadrado en el círculo. Algo atrae brutalmente mis ojos. Ahí, bajo el pecho poderoso de la divinidad, a la altura del corazón, hay una cruz muy sencilla, de cuatro aspas iguales. —Este es el Dios supremo de los atlantes, el “Dios Padre” de los cristianos, el “Brahma” de los hindúes, el “Ra” de los egipcios; es el Principio Único. Convendrás en que aquí ocupa un lugar un poco especial, pues comprenderás fácilmente que no es una entidad, que nunca se ha encarnado en nadie. Es el Espíritu, el Principio, el Infinito.

Por ese motivo, no debería figurar entre las entidades divinizadas por los seres humanos. Sin embargo nos ha parecido natural que las emanaciones del Espíritu estén reagrupadas en un lugar donde se simboliza a éste. Evidentemente, algunas religiones, algunas sectas se escandalizarían ante semejante representación de la Divinidad. ¿Cómo se puede atrever alguien a representar a Dios, el inaprensible? ¡Pues se puede hacer! Hay que guardarse de ver el mal donde no lo hay. Si un artista se complace en representar a Dios, no comete ningún sacrilegio mientras su espíritu sea puro. Pureza y sinceridad, esos son los dos únicos criterios. Qué más da pintar al Creador bajo tal o cual forma, lo importante es no idolatrar esa forma. Una estatua, una imagen, un símbolo solo deben servir de soporte. Están ahí para facilitar la gimnasia que el espíritu se impone. Ayudan a fijar la concentración. La prohibición de representar a la divinidad bajo cualquier forma impuesta por la Biblia, no es más que la reacción lógica al estado de idolatría en que había caído el pueblo hebreo. La abstracción del soporte de concentración es un ideal que alcanzar, nada más. El budismo ha comprendido muy bien la utilidad del soporte visual, a la vez que indica expresamente los peligros que conlleva. Los Maestros han afirmado que no se debe tener en cuenta el aspecto exterior de un Buda, ni siquiera su personalidad. Quien aspira a un estado de perfección debe identificarse con la idea de Buda en la medida de lo posible, y no dedicarse a venerar una estatua. Lo importante es buscar el principio más allá de la forma. —Lo que me fascina es ese sol verdaderamente resplandeciente —le digo a mi amigo—. ¿El Dios supremo de los atlantes no habrá sido el mismo que el de los egipcios, el sol Ra? —Pues sí, ha habido una continuidad entre ambas civilizaciones. —Esta estatua da claramente fe de un culto solar… Creo que si una obra así saliera a la luz En nuestra época, enseguida se sacarían conclusiones apresuradas sobre la civilización atlante… algo parecido a lo que ocurrió con la civilización egipcia. —Sí, y por eso todavía no ha llegado el momento de que se descubra esta obra de arte. El día en que salga de la tierra indicará que la humanidad ha adquirido un nuevo estado de espíritu y que está dispuesta a aceptar como ciertas cosas que hasta entonces se consideraban más bien supersticiones. Actualmente, y pese a la enorme circulación de las ideas, el hombre no está en absoluto preparado para afrontar su pasado tal y como fue. El positivismo ya ha expirado su último suspiro, pero ha dado paso a algo mucho más insidioso, por ser más sutil: el pensamiento racionalista y ateo ha progresado mucho en su forma de abrirse camino; ya no niega frontal y estúpidamente como antaño, sino que practica lo que podríamos llamar el sofismo científico. Lo más grave es que la mayor parte de las veces ni se da cuenta de ello. Lo que quiere el ser humano es una visión tranquilizadora de sí mismo. ¡Qué pánico si de golpe se diera cuenta de que un día fue más grande que hoy, y que ha edificado sobre arenas movedizas! —¡Pero de todas formas los atlantes y los egipcios no adoraban al sol! —Claro que no, no hay que quedarse en las apariencias. Adoraban a Dios bajo la forma solar. ¿Acaso la luz solar no es, en efecto, la primera y la más pura de las representaciones del Creador? Si el sol desaparece, la vida muere. Los científicos no lo pondrán en duda. La luz es más importante para la vida que el aire, en el sentido en que sirve de soporte para el aire y que éste también está impregnado de ella. La luz es la única substancia, y digo substancia porque, a cierto nivel, resulta palpable, que baña el universo entero. Ya no me refiero simplemente a la luz solar, sino también a la luz astral, pues aquella es una manifestación más sutil de esta. La luz solar mantiene con el mundo físico las mismas relaciones que la luz astral con el mundo del alma. Solo es una vibración; pero si creas una vibración a una frecuencia muy baja, se vuelve sensible al tacto. En este sentido, hay una unidad total de la materia. Pronto se descubrirá que no hay x elementos químicos, sino uno solo del que derivan todos los demás. Si luego se intenta acrecentar la vibración, se obtiene un sonido. Si se incrementa su frecuencia, el sonido a su vez se convertirá en calor y finalmente en luz, pasando por todos los colores del arco iris. Si se sigue con el experimento, se origina electricidad y finalmente la energía psíquica que se concentra en el bulbo raquídeo. La luz solar transporta una energía positiva al mundo de la materia, pero posee una energía negativa en el universo astral, pues representa una manifestación más material del mismo. Al simple nivel psíquico, la luna está cargada negativamente, mientras que a nivel astral su polaridad se inversa. Y te lo repito que no hay que atribuir ninguna acepción peyorativa al término negativo; el menos y el más solo representan diferentes manifestaciones de una única y misma fuerza.Como tan bien lo ha presentido la religión taoísta, no se puede hablar de dualidad propiamente dicha, sino más bien de complementariedad, ya que una fuerza solo puede existir en relación con su contraria. En sí misma contiene la esencia de su opuesto. El sol y la luna forman una pareja. El culto solar atlante era un culto realizado a pleno día. Sin embargo, algunos iniciados practicaban en secreto un culto lunar, y para ello se volvían hacia las fuerzas nocturnas de la naturaleza, y de ese modo entraban en relación con los poderes astrales más primarios… No hay que hacer ningún juicio de valor. Ya has visto que el menos y el más son totalmente, relativos y que se invierten según sea el caso: la luz astral es negativa en el plano terrestre pero su valor se invierte en el plano astral. Originalmente, los atuendos negros del duelo occidental tenían un significado esotérico. De hecho, ¿alguna vez te has preguntado qué es la oscuridad que trae la noche? ¿Una ausencia de luz? ¡Desde luego que no! Es un tipo determinado de manifestación de la misma. Solo hay noche negra para quien no sabe ver y, simbólicamente, solo hay misterio para quien no sabe comprender. —Lo que me sorprende —digo interrumpiendo a mi amigo e iniciador—, son los símbolos que acompañan al Dios Sol. Si no me equivoco, la escuadra y el compás son signos que pertenecen a la masonería. El cuadrado y el círculo lo utilizaban los cabalistas y los taoístas, entre otros. En cuanto a la cruz… es el emblema del Cristo. —¡Ah! Si te tomas la molestia de pensarlo, verás que no hay nada sorprendente en todo eso. Algunos símbolos no tienen edad; corresponden a verdades universales. Es cierto que el compás y la escuadra son típicamente masones, ¿pero te han contado los masones de donde los sacaron? Sus tradiciones, como las del Tao y las de la Cábala, son tan antiguas como el mundo. Y aunque cayeran en el olvido durante un tiempo, hubo una alta entidad que vio a reanimar la llama dispensadora de conocimiento. La escuadra simboliza la tierra; sirve para delimitar sus parcelas. El compás es la imagen del cielo, traza la redondez aparente de la bóveda celeste. Del mismo modo, el cuadrado y el círculo representan la tierra y el hombre, y, hablando en términos cabalísticos, la mujer y el hombre. —Pero observo que el cuadrado está contenido en el círculo. ¿Eso significa que la tierra está unida al cosmos? —Sí, más o menos. El cuadrado en el círculo representa exactamente el mundo, la unión entre la tierra y el cielo, entre lo visible y lo invisible. —Creo recordar unas monedas chinas, que eran redondas con un agujero cuadrado en su centro. —Se trata de lo mismo; el Tao ha impregnado profundamente la vida en China. Al igual que la Cábala, ha concedido suma importancia a los números. Consideremos por ejemplo el número cinco: tanto los cabalistas como taoístas lo han relacionado con el hombre. La figura ideal producida por el cinco es el pentagrama. El hombre está enteramente contenido en él. La Cábala llega a precisar que la punta superior del pentagrama, que alberga la cabeza del hombre, simboliza la inteligencia que dirige los poderes elementales representados por las otras cuatro puntas de la figura geométrica y los cuatro miembros humanos. Del mismo modo ambas escuelas, la oriental y la occidental, han considerado al cuatro como el número del equilibrio. El cuatro es la imagen de las fuerzas opuestas dos a dos: dos activas y dos pasivas. El cuadrado idealiza esa noción. Hablabas también de la cruz. Bueno, pues deriva directamente del número cuatro. Simplemente, se ha cruzado las rectas verticales activas y las rectas horizontales pasivas, de modo que determinen un punto central de confluencia. La figura de la cruz es, ante todo, y allende los universos, la imagen de lo absoluto y también de la forma, de la adaptación terrestre al Plan Divino. Es la concreción de la idea surgida del principio divino y de su antagonismo. Por eso fue el símbolo crístico. Sobre todo no hay que ver en ella la imagen de la cruz del suplicio donde fue clavado el Cristo-Jesús, sino, por el contrario, la materialización de una de las partes del Plan Divino. Es la confluencia de la fuerza positiva y vertical del Espíritu con la fuerza pasiva y horizontal de la materia. Los primeros cristianos lo sabían, pero, desde entonces, su religión ha sido despojada de muchas cosas. Se ha querido convertir al Cristo en un Dios crucificado, un Dios de tristeza y de sufrimiento, cuando ante todo representa la victoria de la vida sobre la muerte, del Amor sobre el Odio. Los artistas medievales lo sabían. En las catedrales góticas, no hay en ningún lado Cristos agonizantes en la cruz, sino Cristos en gloria, o enseñando. ¿Acaso Oriente representa al joven Siddharta Gautama cuando era presa de las angustias de la búsqueda interior, antes de metamorfosearse en la persona de Buda? No, tradicionalmente un Buda irradia bondad, serenidad y luz. ¿No es mejor así?

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