El Camino del Medio y la Bipolaridad

El punto de partida

El Trastorno bipolar es una enfermedad mental que presenta unos síntomas claramente definidos y la necesidad de seguir un cumplimiento terapéuticopara poder afrontarla con éxito.  La bipolaridad se clasifica dentro de los denominados trastornos afectivos (del estado de ánimo) y se
caracteriza por combinar episodios de depresión con otros de exaltación
afectiva y psicomotriz.

Aunque el tratamiento más generalizado de esta enfermedad es fundamentalmente el farmacológico, creo que la práctica de la meditación Zen puede
proporcionarle a los profesionales de la salud mental una herramienta
complementaria en el trabajo de sanación del paciente bipolar, por lo
que podemos establecer unos claros paralelismos entre el tratamiento
clínico y el que propiamente aplicamos en la meditación Zen.

Parafraseando textualmente a Zaretsky y Segel (1995):“hasta la fecha no se ha demostrado que la psicoterapia aporte un valor añadido a la medicación”, sin embargo, quiero romper una lanza en favor del tratamiento de la bipolaridad mediante el aprendizaje consciente y el desarrollo sistemático de la atención.  Es sabido por todos nosotros que una actitud y mentalidad positivas pueden marcar la diferencia en el proceso clínico y lograr una recuperación total y completa en el paciente.

Puesto que la enfermedad se presenta como un proceso longitudinal y no es una mera crisis puntual (sabemos que este proceso es largo y hablamos de entre cuatro y seis semanas como mínimo para reestablecerse por completo), podemos combinar el tratamiento médico convencional con la práctica de la meditación Zen a fin de que el propio paciente (con el apoyo fundamental de su orientador) pueda:

1º) recibir mayor información de su estado interno y externo
2º) identificar y comprender cuáles son los síntomas que producen su trastorno
3º) y manejar mejor su comportamiento

Por todo ello, el Budismo Zen puede ser entendido como una vía de conocimiento que le proporciona al practicante (al paciente participativo) una terapéutica existencial como a todo ser humano.  Para poder llegar a la sanación integral de lo que somos, objetivo
primordial que comparten la Ciencia, la Medicina y el Budismo, el hombre usa desde su descubrimiento una poderosa herramienta de diagnóstico y posterior restablecimiento que no es otra que el cultivo de la atención.  Así pues, la Meditación Zen se presenta como una
didáctica de la conciencia. Con un conocimiento profundo de uno mismo se puede abrir y cerrar la llave que da paso a lo que hay al borde del abismo.  Como le dijo en cierta ocasión un viejo maestro zen a su discípulo:

Ahora que has llegado ante un abismo de 10.000 pies.
¡Da un paso adelante!

La pregunta es, ¿desde dónde lo estamos haciendo?  ¿Cómo lo estamos haciendo los educadores de la salud mental e integral de los seres humanos?

El Budismo parte de la base de que todos estamos enfermos, dado que percibimos la realidad de manera equivocada o imprecisa por una falta de atención.  Desde nuestra
óptica, un “trastorno” es un desequilibrio y en este caso concreto que ahora nos ocupa, “bipolar” significa que oscilamos entre dos polos o dos facetas de una misma realidad.  ¿Por qué?  Porque la bipolaridad es un producto de una mente fragmentada y dualista con la que todos, en mayor o menor medida, operamos en la vida cotidiana.  Vivimos presos de una
mente insana que discrimina entre esto o lo otro, entre el “me gusta” (y tiendo hacia ello) o “no me gusta” (y lo rechazo, incluso, visceralmente).  En este sentido, todos estamos enfermos y no sólo los que padecen el llamado “trastorno bipolar” aunque es cierto que estos individuos presentan unas manifestaciones extremas de los dos estados de ánimo principales, el depresivo y el maníaco.

Origen y causas

Tal y como estamos viendo, el trastorno bipolar consiste en una alteración de los mecanismos biológicos que regulan el estado de ánimo.  El funcionamiento de estos mecanismos depende de varios factores, a saber:  neurobiológicos, psicosociales (como acontecimientos vitales estresantes y de personalidad previa) y también por los ambientales.

Se han realizado muchas investigaciones relacionadas al trastorno bipolar (véase Zornberg y Pope, 1993) y aunque no existe una causa totalmente definida para que surja, se ha determinado que el trastorno bipolar es de origen orgánico ya que se produce por alteraciones en las áreas del cerebro que regulan el estado de ánimo, ocasionadas éstas por el mal aprovechamiento de los denominados “neurotransmisores cerebrales” tales
como la serotonina, noradrenalina y la dopamina.  Estas sustancias puede ser, por tanto, unas de las causas de la condición bipolar cuando no se distribuye adecuadamente a través de los nervios cerebrales.

Sin embargo, como decía anteriormente, también se han identificado otros posibles factores que se unen.  Uno de ellos es la predisposición genética o herencia, cuando en la familia hay antecedentes de parientes cercanos que han padecido la enfermedad.  Se calcula que actualmente puede desarrollarse un trastorno bipolar en descendientes directos de un 25%
hasta un 75%.  Finalmente, cabe decir aquí que otro factor con el que ha asociado la bipolaridad es con un carácter emocional desequilibrado en la persona.

Dicho esto, con la misma rigurosidad empírica para hallar las raíces de nuestras dolencias, el Budismo Zen se presenta como una terapéutica global del ser humano que trata de integrar todo tipo de anomalías en la realidadque nos comporta.  Así, es en el desorden o trastorno mental donde se producen todas nuestras dolencias pues la percepción que tenemos de nosotros mismos y de la realidad que nos rodea está equivocada.  Todo lo
pasamos por el filtro de una subjetividad mal enfocada. Vivimos y nos vivimos desde un estado mental de oscurantismo, caminamos faltos de nitidez y sin claridad en la visión (mumyô en japonés).  Por eso, decimos que la meditación Zen no es otra cosa que una excelente herramienta para aprender a reeducar la mirada.

Según Klein, el principal mecanismo de defensa utilizado por el paciente maníaco es la negación ya que se gesta ante él la necesidad de una autodefensa por el sentimiento que tiene de un “Yo débil”.  El mecanismo de la negación comporta grandes dificultades con estos pacientes para adquirir una adecuada conciencia de la enfermedad.

Sin embargo, en la fase depresiva puede haber una falsa conciencia del trastorno pues aunque el paciente admite estar enfermo no lo atribuye a su trastorno mental sino a causas externas a su persona.

Llegados a este punto, debemos admitir que sólo una vez que nos reconocemos como enfermos, podemos comenzar el camino hacia la total sanación de lo que
somos y esto es muy importante hacérselo ver al practicante y paciente
participativo.  Me gustaría relatarles una vieja historia que guarda
relación con esto:

“Esta es la historia de dos acróbatas: un hombre y una niña. Viajaban incansablemente por los pueblos de India exhibiendo sus habilidades
acrobáticas. El hombre sostenía sobre sus hombros una larguísima
pértiga y la niña, hábilmente, trepaba al extremo superior de la misma.

Cierto día, el hombre le dijo a la niña:

– Amiguita, para evitar que vaya a ocurrirnos algún accidente, lo más oportuno será que yo me ocupe de lo que tu estás haciendo y tú de lo
que estoy haciendo yo mientras efectuamos el número.

Pero la niña replicó:
– No, para nada, eso no es ni mucho menos lo acertado.  Mientras
efectuemos la actuación, yo me ocuparé de mí y tú te ocuparás de ti.  De
esta manera, estando cada cual muy atento a sí mismo, evitaremos tener
un accidente.”


La dualidad

Generalmente todos nos movemos por el espacio-tiempo conocido entre dos extremos, la hiperexcitación y la somnolencia. Es en este sentido que digo que todos somos bipolares. En la fase maníaca nos vivimos acelerados y bajo los comportamientos automáticos y ritualizados de la vida cotidiana, mientras que en la fase depresiva, sencillamente, nos dormimos, desconectamos de aquello que no nos agrada o satisface. Es un recurso
típico que usa nuestro ego insano para evadirse; popularmente decimos que “el que se duerme es porque algo no quiere ver”.

Es curioso porque éstas son las dos de las fases por las que pasa todo practicante de meditación Zen hasta que logra estabilizar la potencialidad de su mente.  En japonés, estos términos reciben los nombres de KONTIN y SANRAN.  Me gustaría explicarlos someramente por si sirven de apoyo al trabajo terapéutico y clínico con los pacientes bipolares ya que, por ejemplo, si atendemos a la postura propia de la meditación Zen, observaremos que se enseña idéntica para todos pero es muy curioso ver cómo una misma posición corporal se manifiesta de distintas maneras en cada practicante.  De hecho, la postura física del
meditante refleja una postura existencial ante la vida.  Veamos las dos fases:

a) por un lado está el estado de somnolencia (KONTIN), un estado que se caracteriza porque la postura del practicante pierde fuelle, tono muscular; la espalda no se mantiene derecha y el peso del cuerpo cae sobre los riñones impidiendo así una respiración amplia y fluida.  El practicante puede sentirse en un estado de abulia, apatía y depresión pues presenta un tono hipotenso y con falta de reacción.  Al igual que observamos en la fase depresiva del paciente bipolar, hallamos una clara correlación en síntomas como la hipersomnia,
hiperfatiga y la reactividad del humor que lo pueden llevar al tono melancólico. De hecho, el rasgo clínico que lo distingue es la culpabilidad que surge desde un odio que apunta al propio ser.

El pensamiento del paciente vaga sin concentración de un lado al otro del espejo.  La salida de esto pasa por revisar de nuevo los puntos básicos de la postura (mentón recogido, espalda mantenida, pulgares tocándose levemente y en una perfecta horizontal como la línea que presenta el horizonte).  Esto, junto con un renovado contacto con la respiración, le permite al practicante tomar una conciencia serena de lo que acontece
ante su mirada ahora estabilizada.

b) Por otra parte, suelo encontrar en las salas de meditación a practicantes con un excesivo tono o hipertensos (SANRAN).  Al contrario de los anteriores, la postura del practicante se va hacia adelante perdiendo la verticalidad del cuerpo, como si quisiera comerse la vida. Suele ser un comportamiento contrafóbico que refleja una postura  vital encorsetada en una tensión muscular excesiva.  El estado mental es de euforia expansiva, de fuga de ideas; el pensamiento aparece como si no estuviera organizado y se pasa de una nube a otra como un mono salta de rama en rama en una espesa selva.

La dispersión está garantizada mientras que si es capaz de tomar una perspectiva prudencial de lo que sucede, aparecen naturalmente abiertas las puertas de la observación de donde decimos, brotan la comprensión y la lucidez.  Empezamos a ver las cosas tal y como son, no como a uno le gustaría que fueran.  Surja lo que surja en el campo de conciencia, generamos un estado mental de objetividad y ecuanimidad emocional.  La aceptación adquiere una enorme importancia en estos momentos.

La práctica de Zen nos permite reequilibrar estos dos puntos.  La luz dispersa o adormecida en exceso de nuestra conciencia se vuelve naturalmente luz serena pues presenta ya la máxima estabilidad y la máxima lucidez.


Tratamiento sanador: Meditación, Medicina y Psicoterapia

Por ello, en el Budismo Zen decimos que nadie puede sentarse y sentirse por nosotros, nadie puede reconocerse salvo uno mismo.  Este Camino de Conocimientos es una vía milenaria que se remonta históricamente a un ser humano llamado Shakyamuni o Shidharta Gautama.  Fue él quien encontró un axioma de aplicación universal (que la vida es sufrimiento) y halló y compartió luego las herramientas de acceso para la liberación
del mismo.  Enseñó en un lenguaje lógico y comprensible que al reconocernos como seres sufrientes, ya estamos poniendo la base para la recuperación integral de lo que también en esencia somos.  Como dice un viejo proverbio taoísta, “un camino de mil pies comienza por su solo paso.
“ La respuesta la tiene cada cual y estas palabras de un maestro zen son una simple invitación para trabajar junto a los médicos, los psicoterapeutas u otras personas afines en este trabajo sanador.  A través de la meditación y de las directrices de un maestro (esto es,
una persona que también sigue su propio recorrido pero que ya ha pasado por los distintos paisajes y repechos en la escalada de la conciencia) uno va aprendiendo a mirar en una dirección adecuada (visión correcta), a indagar profundamente y con un esfuerzo correcto, reconociendo cuáles son los males que le aquejan y aceptando e integrando todo aquello que no se quiere ver.

Desde esta predisposición natural hacia el auto descubrimiento, surge naturalmente la apertura a otros niveles de conciencia, los cuales nos invitan a trascender la mirada compartimentada donde nos hallábamos antes para ver la Realidad (con mayúsculas) desde otras miras.  Aprendemos, en definitiva, a acceder a “los elementos estructurales y primordiales de la psique humana” en palabras de Carl Jung, a reconocer la existencia de los niveles superiores de conciencia desde donde nos vivimos en todo lo que somos (luces y sombras) en un perfecto equilibrio de atención y observación mantenida que nos permiten una recuperación total y completa.


Grados de absorción

Entre las facultades de la atención está la de ordenar nuestras experiencias, algo totalmente útil para los pacientes en fase bipolar que se presten a usarla como herramienta de su proceso sanador.  La atención nos permite clasificar correctamente nuestras experiencias, ya sean internas o externas.  Por ejemplo, estables en la postura y conectados con la respiración, vamos diciendo mentalmente: “esto es esto, esto forma parte de mí, pero no soy sólo esto, por lo que tomo una perspectiva prudencial de ello y me abro de nuevo en el ahora a la experiencia.”   Esta entrega y apertura van colocando las experiencias en su justo lugar, más allá del me gusta o no me gustan, del deseo o del rechazo, consiguiendo así, poco a poco, equilibrar el estado de bipolaridad.

Una vez que hemos conseguido denominar y nombrar las pulsiones y hemos ralentizado nuestra actividad mental, accedemos con conocimiento a los denominados “estados superiores de conciencia” (Abraham Maslow).

Más allá de las razas, credos, contextos políticos, sociales o religiosos, todo ser humano tiene la capacidad de acceder a un estado de absorción de la conciencia. Somos portadores de la luz del auto-conocimiento y podemos aprender a subir y bajar, libre y sabiamente, por los distintos niveles que conforman nuestra mente.

En este sentido, la bipolaridad trae consigo una especial sensibilidad y apertura al paciente activo (al practicante meditador). Se tiene un espectro afectivo mucho más amplio y hay una marcada receptividad de los llamados arquetipos (reinos psíquico y sutil en la terminología
usada por Ken Wilber).

La hiperia es una facultad natural que poseen las neuronas de determinadas áreas cerebrales que nos permiten funciones hipersincrónicas, esto es, para vibrar y encenderse al unísono.  La hiperia nos llevará, pues, al contacto con los mencionados arquetipos.  Se entra en un mundo donde parece que todo es posible al mismo tiempo, donde las leyes materiales parece que han perdido validez; se abre el “molde” y accedemos a los
grandes contenidos.  En el Zen se han cartografiado con exactitud estos paisajes de la mente superior y se habla de los grados de Dhyâna y Samâpatti, momentos psicológicos de reabsorción conciente en la práctica del meditante y que ahora no voy a desarrollar.

De esta forma, en el desarrollo conciente de la Meditación Zen el paciente puede ver, aceptar, integrar la experiencia y trascenderla. Desde muy antiguo sabemos que la energía puesta al servicio de la atención deriva en capacidad de conciencia, de darse cuenta.  Es la práctica continuada de la meditación la que genera un estado hipnótico, crea un ritmo
regular de conciencia despierta en el meditante y van apareciendo, naturalmente, las distintas absorciones.

Todas las tradiciones espirituales y religiosas de la humanidad han usado técnicas muy concretas para elevar las concentraciones de dopamina cerebrales.  Existen místicos, maestros o chamanes de todas las épocas que saben entrar y salir del “otro lado del espejo” sin problemas.  Podemos guiar a los pacientes hacia estos paisajes de la mente.  Las religiones auténticas han elaborado toda una rica tecnología que nos permite desviar la atención de donde la tenemos identificada, fijada y nos ayudan a llevarla a otros espacios enriquecidos del amplio espectro de la conciencia.  Este servicio también está disponible para el tratamiento del trastorno bipolar.

En el Zen decimos que vamos directamente a la raíz y no nos perdemos en las ramas del follaje.


La plaza del mercado

Para finalizar, advirtamos que el trastorno bipolar se caracteriza por ser recidivante, por lo que es aconsejable un seguimiento de mantenimiento que incluya avisar al paciente de un posible nuevo episodio en el futuro.  De manera similar se les recuerda permanentemente a los practicantes que la “certificación no tiene fin”, que el secreto del despertar conciente, del vivir presentes en el darse cuenta, pasa por una práctica perseverante, diligente y continuada.  Es este renovado cultivo y desarrollo de la atención lo que va dando sus
frutos, pues como expresó en cierta ocasión mi propio maestro: “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”.

Una vez concluida la aspiración del paciente, que ha participado activamente en el proceso de su auto- sanación, al igual que hiciera el protagonista del Mito de la Caverna de Platón, debe volver sobre sus propios pasos para orientar a otros e invitarles a salir de
las marañas de la ignorancia pues sabe (ha aprendido a través de la reeducación de su mirada) que “el mundo que ve nada tiene que ver con la realidad, es su propia obra y no existe” tal y como se lee en el Curso de Milagros.

Éste es el hecho real del que parte el trabajo en el Budismo, el reconocimiento de la ley del perceptor según la cual la realidad siempre depende del punto de vista del observante. Podemos reeducar la mirada del bipolar que todos somos.  ¿Cómo? Desarrollando el cultivo
sistemático y gradual de la atención al que nos invita la meditación
Zen.

Ahora bien, está en cada cual sentirse con la libre voluntad de iniciar el proceso hacia la sanación, o bien seguir estancado en el mundo de las sombras.  Como todo en esta vida, es una cuestión de elección y yo simplemente ejerzo de dedo señalador hacia la existencia de una clara luna, la de nuestra capacidad de usar y desarrollar la auto-conciencia.

Para iluminar con certitud este Camino de la Vida sólo nos queda una opción, esto es, dar un salto adelante en este abismo de las ilusiones en las que permanentemente vivimos inmersos.  De hecho, podemos hacerlo y lo estamos haciendo.

Texto Zen

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DIAGNÓSTICOS A TRAVÉS DE LA LENGUA

La lengua es una de las herramientas para el diagnóstico más importante en Medicina China. Se utiliza para conocer el estado de salud de una persona mediante su observación. En la lengua nos encontramos agua, electrolitos, mucosidades y enzimas, es un órgano de gran sensibilidad y su aspecto varía en función de los cambios físicos del cuerpo. En Medicina China la lengua es un “espejo” de cómo se encuentra nuestro interior. La dividimos en 5 partes que se corresponden con los 5 elementos: madera (H/VB), agua (R/V), fuego (C/ID), tierra(E/B-P) y metal ( P/IG).

Una lengua normal sería rosada, musculada sin marcas dentales ni decoloración, y cubierta por una capa fina clara que muestra las secreciones de saliva. Los cambios en la salud quedan reflejados en el color, la forma y la capa en zonas específicas.Respecto al color de la lengua cuando se intensifica (de blanco a escarlata y púrpura) significa que hay un incremento de calor en el cuerpo. El calor significa inflamación, infección o hiperactividad en alguno de los órganos. En cambio, cuando el color se vuelve más claro (de rosado a pálido y blanco) indica frío, lo que significa anemia, frío patógeno o bajo nivel energético y funcional del órgano correspondiente. Por ejemplo, hay muchos pacientes que se están sometiendo a tratamientos de quimioterapia o con síndrome de fatiga crónica que tienen la lengua muy pálida, indicador de un nivel de energía muy bajo.

Imagen de arriba:

1.- Colon Sensible
2.- Desórdenes en los Riñones.
3.- Corazón delicado (también coloración azul)
4.- Pulmones sensibles (baches)
5.- Bronquitis (espuma)
6.- Neumonitis (manchas marrones)
7.- Mala absorción de nutrientes, energía deficiente (marcas de los dientes)
8.- Toxinas en el Colon (capa blanca)
9.- Toxinas en el intestino delgado (capa blanca, contorno rojo)
10.- Degeneración crónica en el colon (grietas)
11.- Miedo profundamente arraigado, ansiedad (temblor)
12.- Emociones acumuladas en la columna (linea media)

La densidad y el color de la capa que recubre la lengua o incluso la ausencia de la misma también es indicativo de algunos aspectos. Cuando la capa de la lengua se vuelve más gruesa, generalmente es una muestra de un desequilibrio en el sistema digestivo. Si la capa se vuelve densa, generalmente indica un bajón en nuestras defensas y del sistema inmunitario. Cuando la capa se vuelve amarillenta, es una señal de infección o inflamación en el cuerpo. Una capa pelada es una señal de daño o debilidad en algunos sistemas del cuerpo.
Si analizamos la lengua por zonas, nos puede dar una idea de como se encuentran nuestros órganos y si están afectados. Las zonas son las siguientes:

1.- La punta de la lengua.

La zona pertenece al elemento fuego, que corresponde a la pareja órgano/víscera (Intestino Delgado/Corazón). Relacionada con los aspectos del corazón, tanto a nivel emocional como físico. En Medicina China se dice que el espíritu (shen) reside en el órgano Corazón. El estrés y la ansiedad se reflejarán mediante un color rojo y puntos rojos en la punta de la lengua. El aumento de los signos de calor significa que existe hiperactividad en el Corazón por el estrés y la tensión.

2.- Lados de la lengua.

Pertenecen al elemento Madera y se corresponden con Hígado/Vesícula Biliar. Las marcas dentales a los lados de la lengua suelen manifestar el estancamiento de energía en el Hígado. A veces esta zona también puede adquirir un tono azul-verdoso o púrpura o con manchas. Las manchas oscuras indican problemas graves. Las manchas púrpuras en la región de madera se relacionan con un nivel de energía bajo, malestar, distensión en las costillas inferiores y abdomen hinchado.

3.- Detrás de la punta de la lengua.

Pertenece al elemento metal (Pulmón/Intestino Grueso) que corresponde al sistema respiratorio y al inmune. Cuando esta zona se pone roja, o cuando aparecen puntitos rojos, significa que se está produciendo una infección respiratoria o que está intentando afianzarse en el cuerpo. La palidez en esta zona refleja un sistema inmune debilitado. En algunas infecciones fúngicas del pulmón, puede aparecer una capa de color marrón o negra en esta zona.

4.-Centro de la lengua

Esta zona pertenece al elemento tierra y está relacionado con Estómago y Bazo-Páncreas.

Normalmente los problemas del sistema digestivo se muestran en esta zona. El reflujo gástrico, por ejemplo, puede verse mediante una capa rojiza o amarillenta en el centro de la lengua. Los cambios sutiles de esta zona pueden indicar problemas de salud en el sistema digestivo que todavía no se han evidenciado, por ello es recomendable observarla bien y tomar las medidas necesarias.

5.-Raíz de la lengua

La parte posterior de la lengua refleja muchas de las funciones del cuerpo, pero pertenece básicamente al elemento agua a los órganos Riñón y Vejiga, que incluye el sistema hormonal y las glándulas sexuales. Lo que se debe observar en este caso es el color y la capa. Por ejemplo, cuando vemos una capa amarilla y gruesa al fondo y al centro de la lengua quizás pueda haber una infección de vejiga.

De todas formas el estudio de la lengua y todo lo que la rodea, es mucho más complejo que lo expuesto aquí. Esto tan solo son unas pinceladas para quien quiera ir haciendo boca.

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¿Qué son los celos?

de Alejandro Jodorowsky

Un discípulo le preguntó a su Maestro: “Usted ha dicho que los celos son el

temor que uno tiene de que los otros le den al ser amado lo que uno no es capaz de darle… Pero, ¿qué pasa si uno puede darle también lo que los otros le dan?”

El Maestro contestó: “Como no conoces tus límites, porque rehuyes trabajar

contigo mismo, no aceptas que hay algo que no le puedes dar al ser amado y crees que eso que le dan tú
también podrías dárselo. Sin embargo, pregúntate por qué va a buscar en
otros lo que tú crees tener, si cuanto más quien te ama preferiría
obtener de tu mano que de una ajena. ¡Va lejos porque cerca no
encuentra!… No somos infinitos: debes aprender a conocer tus límites
para después darle al ser amado todo lo que eres. Ni menos ni más.
Menos, sería egoísmo. Más, sería falsedad… Y si ese “todo” que das no
llena al ser amado, debes aceptar con generosidad que tome de otros lo
que tú no puedes darle. Porque amar no es querer encadenar al ser
amado. Amar es querer que este llegue a la mayor realización de sí,
aunque tú no obtengas provecho de ese logro… El verdadero amor , el
amor consciente, no pide: sólo desea dar. Y agradece al otro la
maravilla que es su presencia y su libre existencia.”

El Maestro entonces le contó al discípulo la fábula de las dos lagunas:
“Había una vez dos lagunas casi secas. Uno de ellas, a pesar de su agua escasa,

no dejaba que las raíces de los árboles de sus orillas fueran a
beber a un río cercano. Y es así como estaba rodeada de plantas
raquíticas… La otra laguna dejaba que sus árboles estiraran las raíces
hacia el río. Así gozaba viendo árboles frondosos en sus orillas y
oyendo el canto de las aves que anidaban en sus follajes.”

“No quiero que me ames.
Quiero que ames.
Los incendios no tienen dueño.”

(“Todas las piedras” A.J.)

 

 

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¿Somos esclavos de nuestro ADN?

Jorge Patrono entrevista al Dr. Bruce H. Lipton en San Francisco, California.

Disponible en www.correodelram.com

Jorge Patrono- En su libro, “La Biología de la Creencia”, (“Biology of Belief”) usted menciona dos nuevos campos de la ciencia genética: transducción y epigenética. ¿Podría explicarnos la diferencia entre ambos campos?
Bruce H. Lipton- La epigenética es el control de los genes. Transducción, que significa transformación de un tipo de señal en otro tipo de señal, es cuando un organismo lee la señal del medio ambiente y la traduce en comportamiento y genética. O sea que la transducción controla comportamiento y también genética. La transducción de la señal está por encima de la epigenética porque es necesaria para entender la epigenética.  La Transducción se basa en leer el medio ambiente, interpretarlo y luego generar una respuesta, que es  la respuesta a un estimulo.  La repuesta puede reflejarse en la conducta o en la genética. Por eso cuando hablamos de genética, siempre digo que la respuesta al medio ambiente que controla la genética no está relacionada a la genética regular de los libros académicos sino que está relacionada a la epigenética. Y la razón por la cual se llama epigenética es la siguiente: epi significa “por encima”, como epidermis, o sea “por encima de los genes”. Ahora, descubrimos que la señal por encima de los genes viene del medio ambiente, o sea que el medio ambiente es el que controla los genes, en vez de ser los genes quienes se controlan a sí mismos. En contraposición al Dogma Central* (ver recuadro abajo*), actualmente la epigenética nos dice: primero, señal del medio ambiente, luego proteínas cromosomáticas, que son como fundas que cubren al ADN y al cromosoma, y cuando quitas esta funda puedes leer el ADN. Esta funda responde a la señal del medio ambiente, o sea que para leer el ADN tienes que tener primero una señal del medio ambiente; segundo, afectar a la proteína; tercero, cuando la proteína, o funda, se corre, queda expuesto el gen; cuarto, se produce una copia del gen que se llama ARN y quinto, el ARN genera una nueva proteína. Entonces ¿en dónde está el ADN? En tercer lugar. ¿Y por qué es importante esto? Porque la biología convencional dice que el ADN está en primer lugar debido a que dejaron fuera de la ecuación a la proteína y al medio ambiente. Bueno, esto es epigenética, y reemplaza el concepto clásico de la genética.   La epigenética dice que si queremos cambiar los genes, lo que tenemos que hacer es cambiar el medio ambiente y los genes cambiarán. 

 

J.P.- ¿Cuándo menciona el medio ambiente, se refiere al exterior  solamente  o incluye  también nuestros  pensamientos?
B. H. L. A todo. El medio ambiente es energía universal. Abarca desde el sol, los planetas, o sea la astrología, hasta nuestros propios pensamientos. Nuestro cuerpo es energía, nuestros pensamientos son energía. Toda esta energía influye nuestra biología, obviamente algunas en forma directa y otras indirectamente.

J.P.- Usted menciona que “La Biología de la Creencia”,  no es un libro de auto-ayuda sino de auto-poder.
B. H. L.-  Así es. En los libros de auto ayuda, el autor presenta una fórmula para ir del punto A al punto B, paso a paso, y si la persona sigue las instrucciones probablemente llegue al punto B. En el caso de “La Biología de la Creencia” yo estoy informando como funciona nuestra biología y los lectores tienen la libertad de usar esa información como deseen. No hay pasos a seguir o fórmulas. Mi función no es decirles qué es lo que tienen que hacer con esta información, mi función es proveer los elementos para que cada lector pueda elegir qué quiere cambiar de su biología y sienta que tiene el poder de hacerlo. Yo no estoy diciendo qué es correcto o incorrecto, esa es una decisión individual derivada de una experiencia personal. Mi intención es que después de leer el libro se den cuenta de que no existen los accidentes y que todos tenemos el poder de elegir nuestra experiencia de vida. Por eso es auto-poder y no auto-ayuda.

J.P.- Cuando hablamos de biología indefectiblemente nos viene a la mente el tema “salud.” ¿Cómo podemos vivir una vida sana sin tener que estar combatiendo enfermedades constantemente, tanto físicas como psicológicas?.
B. H. L.- En el tema de salud, hay una analogía que me gusta usar que es la del automóvil con palanca de cambios.   Supongamos que yo le vendo a alguien un auto con palanca de cambios y la persona que me compra el auto siempre manejó autos automáticos o sea que no tiene idea de cómo usar el embrague y la palanca de cambios.  Obviamente cuando arranque el auto y ponga “primera”, éste no va a moverse en forma automática, sino que dependerá del uso del embrague.  Como el conductor en este caso no tiene idea de cómo funciona, el auto andará a los saltos, se parará el motor, harán ruido los engranajes de las marchas, etc.  Después de dos semanas de maltratar al auto, la transmisión dejará de funcionar y  habrá que llevar el vehículo al mecánico.  El mecánico (médico) mira el auto (enfermo) y dice: “hay que cambiar el embrague (medicina) porque está roto (diagnóstico)”.  En ningún momento se le ocurre preguntarle al conductor cómo usa el embrague y la palanca de cambio (medicina preventiva). Pasan dos semanas y nuevamente, debido al mal uso del auto, el embrague se vuelve a romper y nuevamente hay que llevarlo al mecánico, quien dice que hay que cambiar el embrague  y sin saber qué es lo que lo causa, el mecánico determina que es una falla de fábrica del auto (enfermedad crónica).  De ahora en más el auto tiene que ser reparado cada dos semanas (medicación de por vida). El problema es el siguiente, si le enseñan a la persona como usar el embrague, éste no se volverá a romper, pero al mismo tiempo no le van a poder vender más embragues (laboratorios farmacéuticos).  La analogía es la siguiente, el 90% de las enfermedades del corazón son ocasionadas por la falta de cuidado del paciente (o sea el conductor del vehículo). ¿Y qué nos dice el médico?: “usted tiene un corazón débil, tiene las arterias tapadas, la presión alta… y éstos son los medicamentos que tiene que tomar para poder seguir funcionando,” pero nadie le enseña al paciente cómo ser un buen conductor de su propio vehículo, no es un buen negocio. Pero hay un médico que conozco que se llama Dean Ornish quien en vez de prescribir medicamentos, enseña al paciente como conducir su propio vehículo y la diferencia en los resultados es enorme.  En la medicina convencional, si le dan al paciente drogas y logran parar la enfermedad, lo llaman éxito.  Dean dejó de darles a los pacientes drogas y no sólo la enfermedad desapareció sino que se regeneraron los órganos que estaban afectados.  Ésto normalmente no pasa en la medicina convencional.  Pero lo más triste del caso es algo que dijo Dean en televisión: “Si hubiera usado drogas para curar y recuperar la salud total de mis pacientes, otros médicos hubieran seguido mis pasos y hubieran usado las mismas drogas que yo, pero como no usé ninguna droga, nadie habló del tema ni se interesó por saber cómo es que funcionó así.”  El problema es que la medicina está manejada por las compañías farmacéuticas y enseñarle a la gente como funciona su propio cuerpo es un mal negocio.

J. P.- En su libro usted hace referencia  a la conciencia colectiva diciendo: “Así como una nación es el reflejo de las características de sus ciudadanos, nuestra humanidad debe reflejar la naturaleza básica de nuestras comunidades celulares” ¿Podría desarrollar más a fondo esta idea?
B. H. L.- Todo lo que necesitamos para sobrevivir, nuestras células también lo necesitan, porque estamos alimentando células. Las células necesitan oxígeno, comida, despojarse de residuos, la temperatura correcta, un medio ambiente propicio, y eso es exactamente lo que el ser humano necesita porque tiene 50 billones de células y todas necesitan lo mismo.  Entonces si observamos cómo la célula vive su vida y vivimos nuestra vida de la misma forma, estaremos viviendo en armonía con nuestras células mucho más que como vivimos ahora.  Si pensamos que somos seis mil millones de personas viviendo en el mundo peleándonos por sobrevivir y lo comparamos con los 50 billones de células que viven en nuestro cuerpo en total armonía hasta que nos morimos, nos daremos cuenta que algo estamos haciendo mal.  Si analizamos esto veremos que en nuestro cuerpo cada célula tiene trabajo, recibe un salario, tiene cobertura médica, el dinero extra (energía) vuelve a la comunidad, y esto sin ser comunismo, porque no todas las células reciben el mismo salario.

Las células de la piel  no reciben la misma cantidad de dinero (energía) que las neuronas, las neuronas están mejor pagas porque tienen un trabajo más grande.  Pero el punto es que todas las células reciben los elementos básicos para una vida feliz y ordenada.  A ninguna le falta nada.  Y la realidad nos indica que nosotros vivimos en un mundo en donde hay hambre y al mismo tiempo tenemos tanta comida que nos estamos matando solamente por comer en exceso, esa es la principal razón por la que nos morimos jóvenes.  Estamos comiendo los radicales libres de nuestra propia digestión que es lo que nos mata.  Quiero agregar que nosotros deberíamos vivir hasta alrededor de los 140 años de vida y la razón por la cual no lo estamos logrando es porque nuestra dieta nos está matando y por el estrés.  Debemos volver a la dieta de nuestros ancestros, cuando no había supermercados y todo era más simple y en menor cantidad. Comían lo que tenían a mano en las estaciones correspondientes en cantidades más pequeñas  y vivían más tiempo.  Lo que sabemos ahora de los diferentes estudios que se han hecho criando ratas, la mosca de la fruta o gusanos, es que de vez en cuando, se han encontrado ejemplares que viven más tiempo que el resto de la misma especie.   Los científicos se entusiasman porque creen que van a encontrar el gen de la longevidad en ese espécimen.  Y lo que se encuentra es una ironía: en cada situación en donde se ve que  un organismo ha vivido más tiempo, no fue debido a un gen que agregó algo nuevo sino a un gen defectivo.  Fue un gen que afectó el metabolismo de la insulina, lo que significa que el organismo no podía digerir bien la comida. Entonces los científicos al ver esto, le daban menos alimento al espécimen para ver si lo podía digerir mejor en menor cantidad.  El resultado fue que el espécimen vivía el doble de tiempo que el resto.  Con esto llegamos a la conclusión de que es la cantidad de comida que ingerimos lo que nos está matando.  No necesitamos toda esa comida para sobrevivir porque nosotros absorbemos energía de la atmósfera. Somos como máquinas Tesla, que se cargan con la energía del medio ambiente.

 

J. P.- Usted menciona en su libro que la epigenética está sacando a la luz nuevas complejidades en relación a la naturaleza de las enfermedades, incluyendo el cáncer y la esquizofrenia. ¿Podría aclarar ese concepto?
B. H. L.- Básicamente la vieja creencia dice que genes defectuosos generan enfermedades.  En la actualidad sabemos que la epigenética modifica la lectura del gen.  La epigenética puede modificar el gen y crear 30.000 variaciones diferentes del mismo gen.  Lo que significa que uno puede venir con un buen gen y crear una variación que es mutante o puedes venir con una variación mutante de un gen y crear una variación que es saludable.  O sea que en la vieja versión nosotros somos los genes, pero en la nueva versión “nosotros somos el resultado de lo que escribamos en nuestros genes.”  Con esto quiero decir que la mayoría de los diferentes tipos de cáncer son epigenéticos, las personas no traían genes malos, fue su estilo de vida y su conducta lo que causó que los genes se leyeran en forma defectiva porque modificaron su lectura influenciados por la epigenética, pero en forma negativa.  O sea que podemos causar un cáncer con nuestra forma de vida, como también podemos curar un cáncer con nuestra forma de vida cambiando nuestro programa.  La diferencia está en que si los genes nos controlan, como dice la vieja teoría, entonces somos víctimas porque no los elegimos y no los podemos cambiar.  Cuando nos enteramos que alguien en nuestra familia tuvo cáncer, inmediatamente pensamos que vamos a tener cáncer.  La nueva ciencia nos dice que tenemos un grupo de genes  programados pero podemos reescribir lo que nosotros queramos y si estamos en el medio ambiente correcto y tenemos el apoyo correcto, podemos tener genes mutantes, reescribirlos y convertirlos en normales.  Pero la situación que la mayoría de la gente está experimentando es que vinieron con genes normales y terminaron alterándolos con su estilo de vida creando una lectura negativa de los mismos. A la vez manifiestan una realidad negativa basada en la visión negativa que tienen.

J.P.- Es como en el caso de alguien que tiene un padre diabético o una madre con cáncer o que sufrió un ataque al corazón y piensa todo el tiempo que le va a pasar a él también porque lo asocia con algo hereditario.
B. H. L.- Exactamente, la creencia es la que genera las enfermedades y la profesión médica promueve también lo mismo, con lo cual lo hace aun más grave porque ahora lo está diciendo un profesional, ya no es más una idea del paciente.  A muy temprana edad hemos aprendido que lo que un profesional nos dice, como en el caso de un médico, es verdad, sin cuestionarlo. ¿Qué pasa entonces cuando un médico nos dice que nos vamos a morir en una fecha determinada, ya sea en dos meses o en seis meses? Bueno, nuestra mente subconsciente nos dice, “El doctor siempre tiene razón, es un profesional”. Lo que nos haya dicho ahora está en nuestro subconsciente y  éste manifiesta exactamente lo que el médico nos dijo.

J.P.-  Es el llamado efecto nocebo, contrario al efecto placebo.
B. H. L.- Es exactamente el efecto nocebo o sea una creencia negativa que causa la enfermedad.  Ahora, ¿Cómo es que los médicos son tan exitosos en diagnosticar cuándo va a morir el paciente que tiene cáncer? La respuesta es que  ellos no adivinaron nada, solamente enunciaron una fecha que se calcula por la continuidad de la forma en que ha sido tratada la enfermedad del paciente y los resultados negativos obtenidos hasta ese momento.  El paciente generó una creencia y esa creencia es la que lo termina matando, a menos que se permita cambiar su forma de pensar con respecto a su enfermedad y se dé la oportunidad de curarse.  Así actúa la remisión instantánea en una enfermedad terminal, la cual está totalmente ignorada por la medicina tradicional.

J.P.- Sabemos que los pensamientos positivos tienen un profundo efecto en nuestra conducta y en nuestros genes, pero en su libro usted también aclara que esto sucede únicamente cuando los pensamientos positivos están en armonía con la programación del subconsciente.
B. H. L.- Lo que quiero decir es lo siguiente, muchas veces la gente quiere cambiar cosas en su vida con pensamientos positivos o afirmaciones como por ejemplo: “quiero estar sano” o “quiero una buena relación de pareja”, pero para la mayoría de la gente esto no funciona y a la vez  los frustra porque piensan: “ si los pensamientos positivos les funcionan a otras personas , ¿Por qué no me funcionan a mi?”.  El problema es que los pensamientos positivos vienen de la mente consciente y esta actúa el 5% del día. Ahora, la mente subconsciente está actuando el 95% del día, entonces tenemos una vida en donde el 5% del tiempo tenemos pensamientos positivos y si tenemos el subconsciente programado con ideas contrarias a lo que queremos manifestar conscientemente, el desbalance entre lo que queremos y lo que tenemos grabado en el subconsciente es enorme. A esto hay que agregarle que la mente consciente puede percibir 40 estímulos por segundo mientras que la mente subconsciente percibe 40 millones por segundo o sea que es un millón de veces más poderosa y ¡actúa el 95% del tiempo!. Ante semejante diferencia es imposible creer que si la mente consciente y la subconsciente no están alineadas, los pensamientos conscientes positivos puedan generar un cambio satisfactorio en nuestra realidad.  Pero si tenemos una mente subconsciente que está de acuerdo con nuestros pensamientos positivos conscientes, entonces ambas mentes están en armonía y el cambio se manifiesta.

J. P.- Hay una película llamada “Water”,  producida por la productora rusa, Saida Medvedeva, donde diferentes científicos de todo el mundo hablan de las propiedades del agua y en especial mencionan el poder curativo que tiene el “agua estructurada” o agua que está en estado natural sin modificaciones del medio ambiente polucionado. ¿Ha tenido alguna experiencia al respecto?
B. H. L.- No directamente, pero sí  estoy familiarizado con el trabajo del Dr. Masaru Emoto de Japón y su teoría de que el agua tiene memoria y puede ser influenciada o modificada por el medio ambiente y por consiguiente puede influenciar las funciones vitales del cuerpo humano. Básicamente estamos hablando de los principios de la homeopatía. Lo que hemos comprobado por medio de la física es que cuando el agua está en una solución y dos moléculas de agua se acercan, se envían información una a la otra por medio de una corriente eléctrica la cual genera una vibración que se va pasando de molécula a molécula.  Así que si le agregamos al agua un químico que tenga una cierta vibración, las moléculas de agua reciben dicha vibración y la pasan a las otras moléculas de agua hasta llegar a un punto en donde se puede prescindir del químico original ya que las moléculas de agua han absorbido toda la vibración. Esto es lo que llamamos un tratamiento homeopático, en donde el agua cargada con una cierta vibración, al ser consumida por el paciente, modifica el agua de su propio cuerpo. Es uno de los procedimientos  holísticos de curación.

Entrevista exclusiva de Jorge Patrono para www.creandotuvida.com
 

El Doctor Bruce H. Lipton, biólogo celular, ha sido profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Wisconsin. Después de varios años de enseñar, se convirtió en un pionero del estudio científico de la biología celular en la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford. Sus experimentos, junto a los de otros líderes en el campo de la biología, han examinado minuciosamente los mecanismos con los cuales las células reciben y procesan información. Los resultados de estos estudios han cambiado radicalmente el entendimiento del funcionamiento de la vida por medio de dos nuevas corrientes científicas, la transducción y la epigenética.  Su trabajo nos muestra que los genes y el ADN, no controlan nuestra biología, como lo enuncia la escuela de Darwin de determinismo genético o herencia, sino que los genes y el ADN están controlados por señales externas, incluyendo los mensajes energéticos emanados por nuestros pensamientos positivos y negativos.  Este nuevo concepto unifica la biología celular con la física cuántica, al mostrarnos que nuestro cuerpo puede cambiar si cambiamos nuestra forma de pensar.  Estas nuevas ciencias, la transducción y la epigenética, nos sugieren que los estímulos energéticos que recibimos del medio ambiente, determinan nuestra calidad de vida.

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Ramtha- El Plano Sublime

“…Pueden nacer en el vasto norte, o en el lejano sur. Pueden nacer en la pobreza absoluta o en medio de la riqueza. Pueden ser negros, amarillos, blancos, verdes o grises; no importa. Vinieron aquí con un destino del alma y se van a magnetizar. A medida que entran en sus vidas, si son capaces de lograrlo, se van a encontrar. Porque al acercarse la hora de la prueba, la cual empieza a desarrollarse en el drama de tu vida, de repente empiezas a encontrarte con ellos, llegan de todas partes y la prueba empieza de inmediato. En realidad se trata de magníficos seres que comparten una sanación en otro nivel, están aquí, se encuentran, o se reúnen. Estás con ellos por un tiempo.¿Sabes algo? Es en ese momento cuando el espíritu está en guerra con la carne porque se dispara el interruptor para que se presente la línea de potencial espiritual en la cual se dará la sanación real. Estos seres estuvieron juntos antes de esta encarnación. Y no se trata de lo que tengáis en común referente a riqueza o juventud. Físicamente no tenéis nada en común, pero en ese momento, en esa línea de tiempo tenéis mucho en común. Estáis allí para facilitar una sanación, una recuperación, si quieres, de un dios fragmentado por asuntos sin terminar. ¿Comprendes?Cuando la sanación tiene lugar, el grupo se divide y cada uno sigue su camino. ¿Por qué no habrían de hacerlo? ¿Por qué no les puedes permitir que lo hagan? ¿Por qué no puedes comprender que las personas entran y salen de tu vida y que cuando os encontrasteis, fue para que se cumpliese algo? Ese algo se llama crecimiento. ¿Por qué te apegas a ellos después de haber conseguido el crecimiento? Ellos ya cumplieron su propósito. Se acabó; ese era el propósito. Te sirvieron; les serviste. La naturaleza humana tiende a crear ataduras, a construir comarcas con sus respectivos linderos; ese es el animal. Cuando los dejas ir todo está concluido y no originas un pasado. Si te apegas a ellos, mantienes la herida abierta. ¿Comprendes? Estamos aquí para encontrarnos, sanarnos y seguir adelante.También hablamos de personas que se conocen en el Plano Sublime y la dinámica de su afinidad es tan profunda que allí se genera amor, un amor profundo, duradero y fecundo. Ya te he enseñado sobre el amor. Es Dios puro. Amor es el acto de dar. Dios no es un tomador; es un dador. Ese amor es el pegamento cósmico que lo mantiene todo unido. Es factible que en estas áreas de contemplación se encuentren dos seres tan similares que habrá sanación, no solamente de uno, sino de los dos como uno. Esa dinámica entre ellos se llama amor.Ellos no tienen carencias. Cuando no hay carencia, hay amor. Ellos se encontraron y no les faltaba nada. Cuando bajaron aquí a encargarse de sus asuntos, el otro lo siguió y organizaron sus vidas para encontrarse. Saben que una vez terminados sus asuntos, se van a encontrar, pues es una promesa que hicieron.De modo que te pregunto: ¿sabes qué yace al otro lado de tus cargas? ¿Quién te espera al otro lado? ¿Quién te espera en aquella espléndida mañana? ¿Qué espera para aparecer en tu vida que hasta ahora no se ha presentado?Hablamos también sobre seres que se encuentran aquí y encuentran ese mismo vínculo excepcional. Ese vínculo es lo que Dios es. Ellos son uno. Representan un todo. El amor no está fragmentado; es total. Es infragmentable. Es la energía radiante del todo. Por eso los maestros están llenos de amor, porque están completos.Si te digo entonces que la fragmentación de Dios se encuentra en tus enemigos, y que para ti ellos son tan importantes como aquellos que amas —porque en tu mente tu Dios vive en ellos— cuando reconstruimos el Yo, ¿qué clase de radiación es esta energía? Es amor total porque no tiene carencias.Ahora en nuestras vidas estamos tú y yo. Algunos de vosotros habéis hallado ese ser elevado que una vez unificado no tuvo carencias, ninguna. De modo que cuando no hay carencias, hay una radiación de amor. Aquellos seres encontraron al verdadero Dios, la unicidad, y se sanaron. Así es como queremos ser todos. Sólo a través del amor podemos producir lo inimaginable. Nunca lo podemos hacer en medio de la carencia…”
Ramtha -El plano sublime-
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Una mirada crítica a los castigos, premios, sobornos y amenazas

Los castigos, los premios, los sobornos y las amenazas nos dan complacencia  temporal  y “compran” obediencia. Pueden cambiar el comportamiento de alguien a muy corto plazo (en el aquí y el ahora) y es por esta razón que nos parece que funcionan pero no pueden cambiar a la persona. No hacen que nos sintamos bien ni que seamos mejores personas, más bien provocan el efecto contrario.

Hay muchos libros y autores que defienden esta forma de relacionarnos tanto con los adultos como con los niños. A esto se le llama “conductismo”  y Scanner entre otros lo defendía: “Hacerle algo a alguien que le haga sentirse mal (sufrir) para luego provocar un cambio de comportamiento”. A diferencia del “humanismo” que se basa en buscar el origen y la causa que llevó a esa persona a actuar de tal modo. Dicho de otro modo, intentar averiguar la causa del problema o lo que causaba la necesidad de comportarse así e intentar buscar soluciones conjuntamente.

Hace un tiempo vi una charla de Alfie Kohn en donde también hablaba de los efectos nocivos de los castigos, los premios y demás estrategias manipulativas… Me encantó un ejercicio que hizo con el público para demostrar y hacerles ver a las personas allí presentes que ni los castigos ni las amenazas ni los premios ayudan a nuestros hijos a ser como nos gustaría que fuesen.

Les preguntó a los padres y madres (yo también hice el mismo ejercicio en una de las charlas-coloquios mensuales en Mollerussa) que le dijeran cualidades que les gustaría que sus hijos tuvieran en un futuro. Unos dijeron que fueran, honestos, compasivos, felices, honrados, trabajadores, ordenados, responsables, disciplinados, que tengan un buen concepto de sí mismos, que tengan una buena autoestima, solidarios, empáticos, autónomos… y un largo etcétera. A continuación intentaré argumentar (con ejemplos de Alfie Kohn y nuestros) por qué  los castigos, los premios y amenazas logran y refuerzan las cualidades contrarias a las deseadas.

Veamos ahora qué ocurre cuando castigamos. Imaginemos que un niño pega a su hermano y al verlo la madre lo castiga. Primero que todo, esa actitud hará sentirse aún peor al agresor. Tendrá un sentimiento de frustración y lo que realmente  aprende es que la próxima vez que quiera pegar a su hermano tendrá que asegurarse de que su madre no le vea para no volver a ser castigado. El castigo no le hace darse cuenta de los sentimientos de la otra persona.

El castigo no le ha hecho sentirse feliz sino más bien le ha provocado más enfado. No le hace ser honesto ni honrado ya que la próxima vez lo hará a escondidas de su madre. Quizás mienta si su madre le pregunta que qué pasó al oír llorar a su hermano. ¿Cómo iba a decirle la verdad si sabe que será castigado por ello?

Al castigar a un niño/a por hacer algo que no nos gusta o que molesta a alguien no le enseña ni le ayuda a tener en cuenta los sentimientos de la otra persona si no que solo ve las consecuencias de sus actos sobre él mismo (lo que le hacemos: qué me hacen a mí cuando no me comporto como los demás quieren o esperan). Por lo tanto tampoco le estamos ayudando a ser comprensivo, solidario, ni empático. El niño puede pensar: “Si me porto “mal” o no hago lo que se espera de mi me van a castigar, la próxima vez me voy a asegurar de que no me vean, y una vez haya cumplido mi “condena” y haya pagado el precio (castigado en el rincón de pensar, sin postre, sin tele, sin patío, sin lo que sea…) ya estaré libre para poder hacerlo otra vez”. Y vuelta a empezar. Cuanto más castigamos peor se siente el niño por no ser comprendido ni amado ni aceptado incondicionalmente. Al sentirse peor se porta peor y por lo tanto pensamos que tenemos que seguir castigándole… El pez que se muerde la cola.

El castigo incrementa los comportamientos no deseados al hacer que el niño se sienta aún peor de cómo se sentía…

No hay cambio a largo plazo cuando castigamos. Todo comportamiento tiene un motivo valido. Si no nos preocupamos por saber el por qué un niño tiene la necesidad de pegar, morder, tirar cosas, gritar… no podremos ayudarle a gestionar sus emociones y sentimientos. Una necesidad no desaparece por mucho que nosotros queramos negarla. Ya lo he comentado en otros escritos… Cuando nos sentimos bien nos comportamos bien, cuando nos sentimos mal nos comportamos mal (yo solo pierdo la paciencia, grito o me molesto cuando tengo alguna necesidad no satisfecha o me siento mal por algo). Cuando alguien se siente bien no tiene ninguna necesidad de comportarse “mal”. Si intentamos cambiar lo que el niño siente, su comportamiento, también, cambiará como efecto secundario. Dejará de tener la necesidad de seguir haciendo eso que nos molestaba. Tendríamos que dejar de hacerles cosas “a” los niños y hacer más cosas “con” los niños. Es mucho más humano crear y fomentar (con nuestra actitud) valores que querer cambiar comportamientos utilizando nuestro poder. Los castigos nos enseñan el uso del poder y no a comportarnos mejor ni a tener en cuenta las emociones ni necesidades de los demás.

Cuando un niño tiene un comportamiento no deseado en vez de pensar: “Esto es lo que te voy a hacer”, podríamos decirnos: “Algo ha ido mal, ¿qué podemos hacer?”. Utilizar el poder para hacer cosas desagradables a alguien no es una buena ni la mejor manera de relacionarnos. No promueve buenos valores. Los niños se sienten muy confundidos cuando personas que se supone que les quieren les hacen cosas desagradables.

Cuando los niños no quieren o no pueden hacer lo que les pedimos, quizás, el problema no está en el niño si no en lo que le estamos pidiendo. Cuando un niño no trabaja lo suficiente, no estudia lo suficiente, no recoge lo suficiente, no come lo suficiente, no obedece lo suficiente… quizás es que se le está pidiendo demasiado.

Si realmente confiásemos más en los niños ellos nos podrían demostrar cómo son en realidad. Podríamos empezar por tratarles cómo si ya fuesen cómo nosotros deseamos y dejar de verles como pequeños seres que necesitan ser moldeados y modificados… Seamos nosotros el cambio que queremos ver en ellos.

De vez en cuando podríamos preguntarnos: “Si lo que acabo de decir  o hacer a este niño, a mi hijo… me lo hicieran a mí, ¿Cómo me sentiría?”.

Aunque haya personas que justifiquen que los castigos en determinadas ocasiones son necesarios, yo pienso y me atrevo a afirmar que nunca lo son y que siempre son nocivos. Aunque nos hayan castigado cuando éramos pequeños, aunque se siga castigando en colegios y hogares…Los castigos nunca nos harán ser mejores personas.

 

Somos muchos los que ya tenemos muy claro que castigar no nos lleva a ningún lugar deseado pero, ¿qué pasa  cuando utilizamos las recompensas o los premios?

 

Pues, en mi opinión, no son más que la otra cara de la moneda. Si alguno de mis hijos hace algo espontáneamente, supongamos, recoger algo, ordenar, ayudar a un hermano… y yo voy y le doy un premio por ello, su acción deja de tener importancia y la importancia recae en el premio. El énfasis está en el premio y no en la acción. Aunque mi intención es fomentar ese comportamiento deseado lo que realmente estoy provocando es todo lo contrario. Cuando no haya recompensa por esa actitud ya no habrá interés ni motivo alguno para seguir haciéndolo. Me explico, el niño solo ve que si hace tal o cual cosa recibe dinero, dulces, un sobresaliente o lo que sea. Si un día deja de haber el premio o recompensa el comportamiento que estamos buscando fomentar con la recompensa cesará al no recibir nada a cambio. He visto algún padre o profesor recompensar a su hijo o alumno por leer espontáneamente. Lo hicieron con la mejor de las intenciones pero lo que provocaron fue todo lo contrario. Cuando no había premio el niño en cuestión dejó de leer. Algo que el niño escogió hacer por propia voluntad fue desmotivado por querer motivarlo con premios o recompensas. Curioso, ¿verdad? Pero cierto.

on los castigos y las recompensas no hay cambios a largo plazo, tampoco. Cuando no hay castigo o recompensa dejan de hacerlo o siguen haciéndolo respectivamente. Como he comentado antes, castigar y premiar  solo funcionan a muy corto plazo, en el aquí y ahora.  Yo me pregunto: ¿De verdad queremos que se coman ese plato entero porque luego hay un premio o lo que en el fondo queremos y necesitamos es que tengan su ración de vitaminas, proteínas, hidratos…? Les podrías explicar eso y si ese ingrediente no les gusta, seguro podemos encontrar otro con el mismo valor nutritivo para la próxima vez. Castigarles sin algo o premiarles con algo no hará que les guste ese ingrediente. Más bien, como he comentado antes, le enseñará el uso del poder.

Otra forma que tenemos de castigar pero mucho más sutil es la retirada de nuestro amor, aceptación o atención. A esto yo lo llamo amor condicional o condicionado: “Solo te quiero, acepto o tendrás mi atención si te comportas como yo quiero”. ¿Cuántos somos los padres y madres que decimos que amamos a nuestros hijos incondicionalmente?

Querer a alguien incondicionalmente es quererle por lo que ya es y no solo por lo que hace o deja de hacer. He de reconocer que en el pasado (aun me pasa muy de vez en cuando) en alguna ocasión cuando me disgusté o enfadé con alguno de mis hijos por algo que habían hecho o dicho que yo no aprobaba les  miré con desaprobación y de una forma inconsciente le retiraba mi amor incondicional. Esa retirada de amor, aceptación o atención es un castigo, también. Es como si le dijésemos al niño que solo le queremos y aceptamos cuando se comporta de una manera determina y si no es como nosotros esperamos que sea no le queremos ni le aceptamos. Eso es lo que el niño recibe en realidad seamos o no conscientes de ello.. Si me acerco a él y le digo cómo me siento yo o nos preguntamos cómo puede haberse sentido la otra persona  al verle hacer eso o al oírle decir tal cosa le estaremos ayudando a ver las consecuencias de sus actos en las demás personas y a tener en cuenta sus sentimientos y necesidades. No le estaremos haciendo nada malo a él por lo que ha hecho o dicho.

No debemos olvidar nunca que cuando nuestros hijos o alumnos  tienen comportamientos no deseados en ocasiones puede ser porque  algo no marcha en su entorno más próximo. En nuestro caso su entorno más próximo suelo ser yo, su madre. ¿Cuántas veces me he dado cuenta de que yo no he estado al 100%  ni al 80%?  Ellos son el vivo reflejo de nosotros, los adultos. De nuestros estados de ánimo, emociones… En el libro “Tu Hijo, Tu Espejo” de Martha Alicia Chávez se explica esto de maravilla.

También estamos premiando (comportamientos deseados) detrás de los elogios intencionados. Me explico, cuando nuestros hijos hacen algo que nos gusta y queremos que siga haciéndolo les decimos continuamente “muy bien”, “que bueno eres”, “como te quiero”, “me gusta que hagas tal o cual”… Cuando nuestra hija ya sabe columpiarse, vestirse, sumar, leer, andar sola, dibujar, subir escaleras… podemos decirle: “Lo lograste tu sola, lo hiciste, veo que te gusta pintar…”. Al decir eso demuestro que me doy cuenta de su logro y de que me interesa y me importa. Cuando decimos

simplemente “muy bien” estamos emitiendo nuestro juicio y en vez de eso podríamos describir lo que vemos. Alfie Kohn tiene un escrito fabuloso explicando los 5 motivos para dejar de decir “muy bien”.

Detrás de esas palabras bien intencionadas hay mucha manipulación aun que no nos lo parezca. Si les tratamos muy a menudo de esta forma les estaremos haciendo dependientes a nuestras muestras de aprobación y continuamente necesitaran saber si les aprobamos o no. Quiero diferenciar un alago intencionado de otro que sale del corazón. Muchas veces les decimos “muy bien” con la intención de que sigan haciendo algo. Cuando alabamos le estamos dando importancia a cómo se siente el adulto y no a la acción en sí misma.  En mi opinión, la atención no deberían recaer en mi juicio de lo que el niño hace sino en la acción misma y para eso lo que podemos hacer es describirla (describir lo que veo, como muy bien explica Alfie Kohn). Eso sí fomenta la autoestima. Emitir juicios les hace dependientes a lo que los demás piensan o sienten sobre lo que hacen. De este modo pensamos que les estamos motivando para que sigan haciéndolo pero en realidad la motivación externa (con premios)  anula la motivación intrínseca (la que viene de dentro del corazón). Repito, decir “muy bien” es emitir un juicio y no describe ni significa nada. Cuando digo “lo lograste, lo conseguiste tú solo…” le estoy dando muestras de que me he dado cuenta y de que me importa. No hay intencionalidad ni manipulación. En realidad, muchas veces, cuando  siguen haciendo eso no es por su satisfacción personal sino para recibir nuestras muestras de aprobación.  El efecto a largo plazo es que van a continuar necesitando de la aprobación de los demás para tomar sus propias decisiones. No obstante, quiero diferenciar un “gracias por tu ayuda” o “da gusto ver un cuarto tan limpio”. En mi opinión, no es manipulativo ni hay ninguna intencionalidad detrás. Habría que preguntarnos el por qué decimos lo que decimos y con qué intención. Tenemos tantos automáticos que nos salen sin pensar…

¿Qué decir de las amenazas? Lo primero que me viene a la mente es el miedo o la frustración que yo sentía cuando me decían: “Si no… te voy a…” o si no… te quedarás sin…”

En nuestra casa intentamos no utilizar el “si no”. Cuando se nos escapa de vez en cuando  siempre sale alguien diciendo: “eso es una amenaza, nosotros no nos amenazamos, nos pedimos las cosas”. Yo suelo cambiar el “si no” por “cuando”. Por ejemplo: Cuando hayamos terminado de recogerlo todo podemos salir a dar esa vuelta o, aún mejor, ¿podemos recogerlo todo antes de salir, por favor?”  Para mí no es lo mismo decir: “Si no se recoge primero no salimos o hasta que no esté todo recogido no saldremos”. Lo primero es una petición y lo segundo una orden. Lo primero invita a cooperar y lo segundo provoca rechazo. La Comunicación no Violenta es algo que ponemos en

práctica en casa siempre que nuestras emociones nos lo permiten (los libros de Marshall Rosenberg son una gran inspiración para nuestra familia).

¿Qué alternativas tenemos a los castigos, premios y amenazas?

 

  • Buscar la causa o necesidad no satisfecha en vez de querer cambiar el comportamiento.
  • Lo importante no es el comportamiento sino lo que lo alimenta.
  • Buscar soluciones conjuntamente con nuestros hijos. ¿Qué tienen ellos que decirnos?
  • Explicarles cómo nos sentimos y/o como se sienten los demás cuando ellos hacen o dicen tal cosa.
  • Ver qué necesidades no satisfechas tenemos nosotros, los papás y mamás o profesores e intentar satisfacerlas y no proyectarlas sobre nuestros hijos o alumnos…
  • Preguntarnos cómo se siente el niño en tal o cual circunstancia? Y preguntarnos el por qué no hace o deja de hacer lo que nosotros queremos.
  • Intentar modificar lo que el niño siente (hacerle sentir bien, amado, aceptado…) y no querer cambiar su comportamiento. Amarlos por lo que ya son y no por lo que hacen o dejan de hacer. Amarles incondicionalmente. Sin condiciones.
  • Amémosles cuando menos se lo merezcan por qué será cuando más lo necesiten.
  • Recordar que cuando nos sentimos bien nos comportamos, también, bien.
  • Hacer más cosas “con” los niños y no tantas cosas “a” los niños.
  • No dar tantas órdenes ni poner tantos límites. Las órdenes crean resistencia.
  • Explicar e informar más.
  • Utilizar un tono de voz más suave y dulce.
    • Gritar menos.
    • Pedir en vez de exigir.
    • Limitar nuestras críticas.
    • Hablar más del aquí y el ahora y no tanto del pasado (“es que siempre haces…” “nunca escuchas…” “cuantas veces te he dicho que…”). Cuando oigo esas frases me duele el corazón.
    • Confiar más en nuestros hijos.
    • La aceptación y el amor incondicional nos hacen mejores personas tanto a las que lo reciben como a las que lo damos.
    • Dejar de querer ganar batallas y simplemente evitarlas.

     

    Siguen habiendo, en mi opinión, demasiados libros y “expertos” que aun aconsejan a padres, madres y profesores utilizar las amenazas, los premios y sobre todo los castigos. Yo solo pido que nos cuestionemos las cosas y que no las hagamos simplemente por rutina, automáticamente, porque toca, porque nos criaron así, porque siempre lo hemos hecho así, porque eso es lo que se espera de nosotros, porque todo el mundo lo hace así… Ya va siendo hora de que nos cuestionemos más cosas y de que vayamos compartiendo  con otras personas nuestro “darnos cuenta” de que hay otra forma de relacionarnos con los niños. Tenemos que atrevernos a cambiar. La mejor forma de hacer esto es con nuestro ejemplo. Nosotros podemos ir cambiando ese modelo poco a poco (de generación en generación). Como dijo Gandh: “seamos nosotros el cambio que queremos ver en el mundo”. Tratemos a nuestros hijos y a todos los niños con más respeto y olvidémonos de los castigos, las amenazas, los sobornos y los premios y recompensas. Ellos y nosotros lo agradeceremos.

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Porque nos cuesta tanto dar voz a los niños

En primer lugar debo decir que el principal y más lamentable motivo por el cual no nos es posible dar voz a los niños es porque en nuestra infancia nosotros tuvimos muy poca o ninguna voz. No tenemos registro emocional de haber sido escuchados, respetados y amados como nosotros necesitábamos serlo. Nuestros padres nos han dado en la medida que ellos recibieron. Claro que nos han dado y amado todo lo que han podido. La mala noticia es que no siempre nos pudieron dar lo que realmente necesitábamos.

Antiguamente se castigaba severamente a los niños físicamente en los colegios y en las casas y a nadie le parecía mal. Incluso muchos niños a muy corta edad tenían que trabajar duramente. Después de varias generaciones nos hemos dado cuenta de que el castigo físico es brutal y  no está permitido en muchos países. No obstante, aún existen países en el mundo donde pegar a los niños está bien visto y está permitido. Si los adultos pegamos, insultamos, humillamos y castigamos a los niños es por qué nosotros, también, fuimos víctimas de violencia, desamparo y abuso.

Mi gran esperanza es que en un futuro bien próximo nos demos cuenta del grado de violencia y abuso que aun ejercemos, hoy en día, sobre los niños. Muchos adultos pensamos que no somos violentos con nuestros hijos o niños por qué no les pegamos. No hay tanta violencia activa visible actualmente pero seguimos siendo violentos en nuestra forma de hablarles y tratarles.

La vivencia infantil de cada niño nos demuestra que aún estamos muy lejos de respetarles, tratarles y amarles como legítimamente merecen y necesitan. Nos es muy difícil entender y conectar con la vivencia interna de un niño. No somos capaces de sentirlos, escucharlos ni comprenderlos…Sólo sentimos NUESTRO mal estar y NUESTRO vacío emocional interior no el de ellos. Perdimos la capacidad de ver y sentir al otro porque nosotros no fuimos suficientemente vistos, mirados ni sentidos por nuestras madres, padres y demás adultos. Por tanto, ahora que somos adultos seguimos necesitando recibir lo que no tuvimos y esa necesidad NUESTRA nos impide poder dar y satisfacer a nuestros hijos. No somos capaces de ser la madre o el padre (adultos en general) que nuestros hijos necesitan que seamos. Sentimos nuestras necesidades de poder, control, autoridad, silencio, paz, orden, calma… y les pedimos y les exigimos que nos las satisfagan sin nosotros tener en cuenta primero las suyas.

Nadie puede ni podrá satisfacer las necesidades de otra persona si primero no ha sentido las suyas satisfechas o al menos escuchadas. Somos los adultos quienes debemos dar primero a nuestros niños para que ellos a su vez puedan dar cuando crezcan. Si no recibimos en la primera infancia y la adolescencia aquello que legítimamente necesitamos como seres humanos no podremos ni sabremos dar en las posteriores etapas de la adultez ya que seguiremos necesitando y pidiendo lo que nunca tuvimos.

¿Cómo puede un niño satisfacernos a nosotros y tener en cuenta nuestras necesidades si nadie ha tenido en cuenta las suyas?

Los adultos solemos pedir aquello que no hemos recibido en nuestra infancia sin ser realmente conscientes de ello, por tanto somos incapaces de darlo. Siendo niños necesitábamos mirada, contacto, presencia, escucha, amor incondicional… y ese vacío hace que de adultos sigamos necesitando. Al estar vacíos no podemos darlo. La infancia es la etapa de recibir y la adultez es la etapa de dar aquello que tuvimos. Dar lo que no se tuvo duele. Conectar con la niña o niño que

uimos es lo único que nos sanará y liberará. Dar lo que no se tuvo requiere de una gran toma de conciencia. Muy pocos adultos estamos dispuestos a reconocer esas carencias infantiles para luego poder tomar conciencia del niño que fuimos y no proyectarlo en la próxima generación.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo y aceptarlo? Pues, simplemente por qué saber que no nos pudieron amar tal y como necesitábamos duele. Y además ponemos en evidencia a mamá y papá. Muchos tenemos idealizados a papá y mamá y reconocer eso hace que los veamos tal y como realmente son y no como nos gustaría que fuesen. Cortar la cadena requiere trabajo personal, confrontación con nuestro pasado y nuestra sombra y una gran responsabilidad. También requiere admitir y ver que mamá y papá hicieron lo que muy buenamente pudieron pero que no fue suficiente. Si nos dieron poco es por qué a su vez ellos también recibieron muy poco. Y así seguimos hoy en día…

Cuando no hemos recibido lo que necesitábamos nos será muy difícil poder darlo y seguiremos pidiendo al otro (nuestra pareja, hijos, amigos…) aquello que no tuvimos en pedidos desplazados. De niños pedíamos y suplicábamos ser vistos, escuchados, amados, aceptados… por mamá y papá. De adultos pedimos a nuestros hijos y a nuestras parejas aquello que somos incapaces de darles por qué en el fondo seguimos necesitando lo que mamá y papá no nos pudieron dar. Eso son pedidos desplazados. Pedimos obediencia y ejercemos el poder para satisfacer nuestras necesidades.

Estamos vacíos emocionalmente hablando y nos faltan herramientas y recursos emocionales pero lo más triste de esta penosa situación es que muy pocos somos consciente de ello y seguimos perpetuando la misma cadena por falta de toma de conciencia. Seguimos pensando que el problema está en los niños y no en cómo los adultos tratamos y miramos a los niños. Somos niños disfrazados de adultos.

Mi gran deseo es que de igual modo que muchos adultos nos hemos dado cuenta que pegar, abusar y hacer trabajar a los niños les lastimaba física, psicológica y emocionalmente, quiero creer que es posible que un día no muy lejano también nos daremos cuenta que castigar, amenazar, obligar, forzar, gritar, desatender, no escuchar, ordenar, exigir, premiar, humillar, rechazar, criticar, juzgar e ignorar a un niño también es mal trato, abuso emocional y un acto de violencia.

A nadie le gusta ser tratado así, repito a NADIE. Ser tratado así no hace que seamos mejores personas más bien hace que nos sintamos mal, muy mal. Y ese mal estar nos desconecta de quien realmente hemos venido a ser y también nos desconecta de nuestros padres y hace que de adolescentes y de adultos sigamos tratándonos así y pensemos que eso es lo que toca.

Ser maltratado impide que podamos sentir al otro o conectar con sus necesidades, deseos o intereses. Se nos olvidó cómo nos sentíamos de niños por qué nadie lo nombró ni lo tuvo en cuenta, por tanto haremos lo mismo a nuestros hijos. El desastre ecológico es que no nos ponemos a pensar en ello. Mi intención, mi propósito superior es dar voz a esos niños y niñas que todos fuimos para luego poder dar voz a los niños que tenemos y vemos. Seguimos haciéndoles cosas a los niños que no harías a un adulto o que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros.

La respuesta a todas y cada una de estas preguntas es: Porqué de niños hemos recibido, sufrido, lo mismo. Nosotros también estábamos en ese lugar. No lo podemos recordar por qué nadie lo nombró y nadie nos dio voz. No les estaríamos tratando así a los niños si nadie nos hubiera tratado así a nosotros primero.

¿Cuantas generaciones más vamos a esperar para darles voz a nuestros hijos y niños?Rompamos la cadena de una vez por todas y dejemos atrás lo que no queremos seguir perpetuando.

¿Qué tipo de padres y madres queremos que tengan nuestros nietos? Un padre ausente, una madre triste, desconectada y sin recursos emocionales. Que sus padres les peguen y les griten y les castiguen y les humillen… Eso es lo que de verdad queremos para nuestros nietos… No olvidemos que los padres de nuestros nietos son nuestros hijos hoy. En nuestras manos está el futuro de nuestros nietos. En nuestras manos está el futuro de la humanidad.

Si todos los niños fuesen respetados, amados incondicionalmente y sus necesidades satisfechas o al menos escuchadas y tuvieran madres y padres conscientes de sus carencias, no habrían adultos que necesitarán matar, mandar, violar, abusar. Un adulto feliz, contento, en paz y conectado consigo mismo no tiene la necesidad de hacer daño a nadie.

Nuestros hijos no necesitan padres y madres o demás adultos “perfectos”. Necesitan madres y padres sinceros, humildes, honestos, vulnerables y conscientes de su propia historia personal. Que conozcan y reconozcan sus limitaciones pero que quieren tomar conciencia de sus vacíos emocionales y revisarlos. Que sepan disculparse y que quieran hacer las cosas desde otro lugar.

Hay la creencia de que los niños necesitan mano dura, saber quién manda,  límites impuestos y arbitrarios y disciplina dura. Los niños sólo necesitan ser amados y tenidos en cuenta y tener un buen modelo a su alrededor. Un niño respetado respeta. Un niño escuchado escucha. Un niño feliz está en armonía. Los niños se comportan mal cuando se sienten mal igual que los adultos. Ya he hablado de esto en anteriores artículos.

Si queremos que nuestros hijos sean de algún modo en concreto, seamos nosotros de ese modo. Si queremos que sean educados, pacientes, respetuosas, honestos, humildes, bondadosos… Seamos de ese modo con ellos y con los demás. Así veremos la verdad de quien somos nosotros. Queremos que nuestros hijos sean personas generosas, bondadosas y felices ejerciendo el poder sobre ellos y tratándoles con autoridad y hostilidad. Eso no es posible. Los niños no hacen lo que les decimos sino lo que ven que les hacemos.

Se nos ha olvidado lo que sentíamos nosotros de niños. Ya no tenemos registro de ello, sólo nos queda la memoria emocional. Pero nuestro cuerpo emocional sí lo recuerdo y lo proyecta en la próxima generación. Cuando empecemos a revisar nuestras propias infancias y la de nuestros padres y abuelos comprenderemos el origen de toda esta violencia, crueldad, rabia, odio, necesidad de poder, insatisfacción, necesidad de poseer y consumir y desconexión emocional con nuestro ser esencial y el de los demás incluido el de nuestros hijos.

Dar voz a los niños cuando otras personas no lo hacen es vital. En casa de familiares o amigos podemos encontrarnos en situaciones en donde no se habla con respeto a los niños o se les obliga a comer o hacer cosas que quizás no puedan o no les apetezca. Hay personas en lugares públicos muy poco respetuosas e impacientes con los niños. En situaciones de estas, intento dar voz al adulto y al niño a la vez. Diciendo por ejemplo: “Cariño, hay gente esperando en la cola y creo que este ruido y verte correr arriba y abajo les incomoda. Ya sé que estás aburrido y es tarde pero qué podrías hacer que no fuera correr? Puedo hacer yo algo por ti?” o también: “Cariño, ya sabes que en casa de la abuela no ponemos los pies en el sofá. Estamos en su casa y ella lo prefiere así”. Si alguien ha sido muy duro o autoritario: “Cariño, ¿cómo te sientes? Creo, que no te ha gustado como te ha hablado el abuelo, ¿verdad? Quieres decirle algo o prefieres que le diga yo algo?” Si les damos voz verán que ellos son importantes para nosotros y lo que los demás hagan o digan no tendrá tanto impacto en ellos al sentirse seguros, respetados y tenidos en cuenta por nosotros.

Muchos adultos crean alianzas entre ellos en contra de los niños provocando que se sienten solos, abandonados y perdidos. Hay que tener en cuenta que esos adultos quizás no tuvieron voz de niños por tanto la siguen necesitando ahora.

Sólo tratando, viendo, mirando y sobre todo SINTIENDO a los niños de un modo distinto podremos darle un giro de 180 grados al tipo de sociedad que tenemos y queremos mejorar y cambiar. La sociedad es el vivo reflejo de cada hogar y lo que en el ocurre. Hagamos de cada hogar un lugar de amparo, mirada y AMOR incondicional para todos. En la Tribu de Madres Conscientes junto a 95 madres más lo estamos logrando.

Para terminar necesito deciros que dando lo que no tuve, me sané y prometí compartirlo

Yvonne Laborda
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