Los espejos y las brujas

 

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En casa de mi abuela – la sabia, la bruja – había muchos espejos. Grandes y señoriales enmarcados en madera en las habitaciones, pequeños y redondos colgados en la pared, diminutos como pequeños mosaicos en las esquinas. Solía pasarme entre ellos, asombrandome de la manera como mi rostro aparecía y desaparecía entre el juego de resplandores y líneas de luz. A veces podía reconocerme, en otras ocasiones tenía la sensación que la niña pálida que me miraba desde el espejo era una total desconocida.

– Abuela ¿Te importa mucho ser bonita? – le pregunté en una oportunidad, intrigada. Levantó los ojos del libro que leía sentada en su sofá favorito, perpleja.

– ¿Qué si me importa…?

– Ser bonita, verte linda – expliqué. Abuela levanto una ceja.

– No entiendo qué quieres decir.

– Por los espejos – señalé el que colgaba detrás de su cabeza, con un pesado marco de metal con arabescos de metal en las esquinas. Mi rostro se veía diminuto y blanco en esa inmensidad plateada – están en todas partes.

Mi abuela me dedicó una mirada apreciativa y luego hizo algo que me sorprendió: soltó una de sus francas carcajadas, una risa alegre y cantarina que me hizo sonreír, aunque no supiera por qué. Cerró el libro que tenía sobre las rodillas.

– No, mi niña. Una bruja celebra y disfruta de la belleza de su cuerpo pero los espejos en la casa no son para eso – me hizo una seña para que me acercara al sillón – los espejos representan la forma como miramos al otro. Para la Brujería, la empatía y la comprensión de los dolores de quienes nos rodean es esencial para comprender la forma de su espíritu.

Con diez años, todo aquello me sonó rarísimo. Volví a mirar al espejo. Allí solo me veía yo, de pie y solitaria. Más allá, la nuca y la espalda de mi abuela se curvaban como una delicada pieza de orfebrería. ¿Qué quería decir con mirar a los demás?

– Pero…no hay nadie aquí más que nosotras – le recordé en voz baja. Abuela asintió.

– Por supuesto. Pero la verdad hija, todos somos mucho más que sólo nuestro rostro. Somos quienes nos rodean. Quienes nos educan, nos enseñan, nos sostienen y nos ignoran. Somos quienes amamos, tememos y odiamos. Somos una mezcla de cada lección que nos brindó cada persona en nuestro mundo, con las que nos hemos tropezado a lo largo de nuestra vida. Somos muchos rostros, muchas verdades, muchas dimensiones.

No supe que responder a eso. Con mi salvaje imaginación infantil, imaginé que mi cara se llenaba de otras tantas, pequeñas y casi inquietantes, impresas sobre la piel. Ojos que me miraban desde las mejillas, pequeñas bocas que hablaban un lenguaje desconocido desde mi frente. Me sobresalté por la idea y supuse que eso no era exactamente eso lo que abuela quería decir. Ella río cuando me escuchó contarlo.

– No, pero es una buena imagen para representar lo que de dijo – tomó uno de los espejos de la mesa y se miró en él – En Brujería, un espejo no es sólo una forma de mirarnos, sino de comprendernos. Miramos nuestros rostros pero también, todo lo que somos. Como si se tratara de un libro que comenzamos a hojear por las primeras páginas.

De eso si comprendía yo, me dije entusiasmada. Ya por entonces, era una amante apasionada de los libros: los apreciaba por encima de cualquier juguete y juego. Pasaba mucho más tiempo leyendo, viajando por los lugares imposibles y extraordinarios a los que me llevaban las palabras que haciendo cualquier otra cosa. Me acerqué a mirar el reflejo de mi abuela en el espejo. Imaginé su rostro anguloso y amable, como la portada  de un libro hermoso que seguramente querría leer.

– Entonces…¿Los reflejos son como páginas para las brujas? – pregunté. Abuela asintió y sonrío.

– Páginas y puertas. Fronteras entre lo conocido y lo desconocido – levantó el espejo para que ambas pudiéramos mirarnos a la vez – hace siglos, las brujas invocaban el conocimiento de sus ancestros con una vela y un espejo. Se trata de un ritual antiquísimo, que todas las brujas llevaban a cabo alguna vez. Colocabas un espejo y una vela encendida frente a ti a medianoche. Y mirabas tu reflejo, iluminado así, con ese reflejo atávico y poderoso. De pronto, el mundo real parecía desaparecer y tu reflejo te mostraba la figura de tus ancestros. Los rostros y miradas de quienes te precedieron, de quienes le dieron forma a tu vida y a tu presente con sabiduría y una herencia de conocimiento que trasciende a la muerte.”

Miré el espejo fascinada por la historia. Imaginé muy claro que una vela blanca y alargada como las que mi abuela solía modelar en cera en la cocina, iluminaba el espejo de metal desde una de sus esquinas. La luz chispeaba y se deslizaba líquida por las hojas ornamentadas, cayendo como un lento y bonito destello. Mi rostro flotaba en medio de ese resplandor, atento y tenso, aguardando con los ojos muy abiertos. De pronto, una figura comenzaba a delinearse en la superficie del espejo: un rostro desconocido pero que a la vez, era parte de mi misma. Una mirada profunda llena de sabiduría, de historias por contar.

Parpadeé. La niña del espejo lo hizo también, con pinta de confusa. La abuela sonrió y me dio un beso en la frente.

– Las brujas sabemos que lo que aprendemos y construimos es parte de lo que heredamos del pasado – comentó. Con un movimiento lento, inclinó el espejo. Ahora ambas nos reflejábamos en su superficie – cada Bruja recibe de su madre, su abuela, cada hombre y mujer de su familia sabiduría. No sólo de palabra sino de hecho. Cada bruja es educada para creer, perseverar, luchar por el conocimiento. Cada bruja asume el poder del tiempo en su sangre, el fuego en el  espíritu que comparte con sus hermanos y hermanas de la tradición . Cada bruja recibe de su familia el poder de asumir su capacidad para crear y construir ideas. De mirar hacia el paisaje del futuro con la osadía que hereda, con las creencias que la sostienen. Con el poder que el conocimiento le brinda.

Ahora, mi abuela sostenía el espejo entre las manos, en un raro ángulo que le permitía reflejar no sólo nuestros rostros sino también el techo del salón. Había algunas grietas en el venerable yeso, las molduras con forma de flores estaban manchadas y cubiertas con telarañas e hilos de polvo. Pero aún así eran hermosas.  Había una cierta belleza añeja y lenta, una preciosa mirada a un tiempo remoto que esas pequeñas huellas del tiempo mostraban. Las contemplé desde el reflejo, como si las viera por primera vez y de pronto, tuve la sensación que el espejo las atrapaba. Las conservaba para que pudiera recordarlas después. Me gustó ese pensamiento.

– Hace muchos siglos atrás, las Brujas estaban convencidas que los espejos eran las puertas entre dos mundos: el visible y el invisible. Antes de eso, creían que los mares, lagos y ríos conservaban las imágenes y recuerdos de quienes habían partido a las estrellas. De manera que antes y después, en el agua o en el reflejo brillante del cristal, buscaban crear un tipo de poder relacionado con la sabiduría trascendental, tan vieja y tan enigmática que se consideraba un rito sagrado. Muchas brujas celebraban rituales de Luna Llena mirando a la Dama Blanca a través del espejo, para mirase en ella y comprender el fuego resplandeciente que las unía. Para entender el poder de crear en medio de lo que no puedes ver.

Movió de nuevo el espejo. Ahora reflejaba las ventanas abiertas, el jardín antipático fragante y caótico. Y nuestros rostros, claro. Flotando a través de la nada. Elevándose en líneas oblicuas y elementales como un estallido de belleza salvaje que me sorprendió. Tuve la impresión que jamás lo había visto desde ese ángulo. Que jamás había apreciado en realidad su belleza verde y fragante, ajena a cualquier sofisticación.

– La brujería siempre te enseñará el valor esencial de la sabiduría que se adquiere mediante la observación, la capacidad de creación y la necesidad de asumir el poder personal como una forma de reflejo – continuó mi abuela – hay una belleza misteriosa en mirarte a través de los demás, de sus conocimientos y experiencias. No hay nada más formidable que esa experiencia conjunta de comprenderte parte de un mundo extraordinario, lleno de energía y de conocimiento. Líneas que se entrecruzan y te unen a un pasado en común, a una creencia sin edad, a una Tradición que forma parte de tu vida y tu manera de soñar.

El espejo volvió a moverse. Ahora reflejó a nuestra vieja casa: el salón desordenado y cálido, la biblioteca más allá, con su puerta siempre abierta. Las escobas colgadas en la pared, sus preciosos tapices de lunas y estrellas. Fue como si los mirara por primera vez, como si nunca hubiese apreciado la cualidad poderosa y simbólica de cada mueble y objeto que nos rodeaban.

– Un espejo te mira llorar y reír. Un espejo te refleja mientras cambias, evolucionas y te conviertes en alguien más. Pero no sólo los espejos físicos – dejó caer el espejo sobre sus rodillas y me dedicó una de sus radiantes miradas color miel – quienes amamos, quienes rodean, son también nuestros espejos. Lo son nuestras pasiones, nuestros momentos de alegría y dolor. Nuestros capacidad para tener esperanza. Nuestra mirada a lo que deseamos construir y aspiramos vivir. Cada cosa que forma parte de nuestra vida, de nuestra forma de comprendernos, es nuestro reflejo. Una bruja lo aprende pronto: Una bruja busca su reflejo en los ojos de quienes confía, de quienes la retan intelectual y moralmente, en quienes la comprenden y quienes no lo hace. Una bruja busca su reflejo en el espejo del arte, de la belleza, de la admiración y el asombro. Una bruja crece en el reflejo de los infinitos elementos que crean y sostienen su vida. De cada pequeña cosa que forma parte de su mundo personal. Una bruja mira hacia el futuro con esperanzas, hacia el pasado con curiosidad y hacia su interior, con una sonrisa. Un reflejo que crea mil palabras. Una visión del tiempo y de si misma tan profunda como poderosa.

Con suspiro levanto el espejo y entonces hizo algo que me sorprendió: me lo extendió. Lo tomé con un gesto lento, casi tímido. Ella ladeó la cabeza con ternura.

– De vez en cuando es necesario mirarte con ojos francos, buscar respuestas. El espejo te recuerda que todo lo que es capaz de simbolizar lo que sueñas y lo que admiras, te refleja mejor que otra cosa – dijo – Un bruja siempre busca conocimiento y también, una manera de comprender mejor ese silencio interior que llamamos sabiduría. Cada reflejo es una búsqueda interior, una idea nueva que nace en nuestro espíritu. Una puerta que se abre hacia una reflexión más profunda de quienes somos y quienes deseamos ser.

Sostuve el espejo con manos temblorosas. De nuevo, sólo era la niña pálida mirándome desde sus profundidades plateadas. Los ojos muy abiertos, la boca apretada por pura impaciencia. Y pensé, en la mujer que me convertiría. En la mujer que sería esa niña torpe, la bruja en quien deseaba convertirse. La mujer que crecería y maduraría para encontrar no sólo su identidad sino esa capacidad invisible de contemplar el mundo con asombro. Me miré y supe que mi abuela tenía razón: no estaba sola. En mi reflejo frágil, también estaba conmigo la esperanza, la pasión por vivir que comenzaba a despertar en mi pecho, la curiosidad de mis manos abiertas. Todas las formas de conocimiento que esperaban por mí a no tardar. Ese largo recorrido que llevaría a mi reflejo a convertirse en algo más. En el fruto del conocimiento y algo mucho más personal.

– Seré muchas personas, muchos conocimientos, muchas palabras que pronunciar  – murmuré en voz baja. Mi abuela me pasó un brazo por los hombros y me apretó contra su cuello. De nuevo estábamos juntas en las tranquilas profundidades del espejo – como si cada vez pudiera ser una persona nueva que crear.

– Toda bruja descubre tarde o temprano que su rostro es a la vez miles de fragmentos de historias y escenas – dijo entonces – y crear, a través de esa conciencia, nos permite mirar el mundo en toda su amplitud y belleza. Un paisaje nuevo cada vez. Reflejo de nuestro espíritu creador.

De vez en cuando recuerdo esas palabras. Lo hago, mientras contemplo mi reflejo en el pequeño espejo que mi abuela me obsequió y que llevo a todas partes. El espejo que refleja mi historia, que me recuerda de donde provengo y a donde voy. El reflejo que me miró crecer y hacerme la mujer que soy. Y sonrío, con una sensación de portento, como si cada fragmento de mi vida pudiera contemplarse en mi rostro. Como si cada parte de ese paisaje personal que crea mi mente, fuera visible por un momento. Como la antigua Magia que las brujas antiguas convocaban frente al espejo. Como la invoco desde mi necesidad de crear y creer.

Una forma de misteriosa belleza.

Una palabra extraordinaria.

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